miércoles, 7 de noviembre de 2018

Hermanos de armas




Mi padre sirvió en Angola, aunque el frente de batalla estaba en un extremo del país y él, en el otro.

Mi padre nunca disparó una Avtomat Kalashnikova Modernizirovannyj.

Mi padre no volvió con una medalla, sino con la posibilidad de comprarse un Moskvitch. Su mayor hazaña resultó un “tubey” que desempató el juego final entre médicos y maestros, en una liga amateur que armaron para pasar las tardes después de las consultas.

Mi padre me regaló de su tiempo allá una extraña fascinación por Bobby Fisher, en una pequeña radio siguió sus partidas contra Boris Spaski, como si se discutiera el título de los pesos pesados, y un gusto insano por el Buey Cansado de los Van Van, canción que oían hasta el cansancio.

Mi padre no hizo guardia en una trinchera con miedo a que mientras dormía lo rostizara un avión de la UNITA; solo en una fiesta por fin de año oyó tiros, probablemente alguien muy alegre por el aguardiente lanzó una ráfaga al aire para celebrar.

Mi padre, ya en Cuba, una noche en su Moskvitch, el mismo que se ganó por aprender a decir en el dialecto local vómito, diarrea y fiebre, regresaba desde su pueblo natal a la ciudad.

Mi padre al manejar apoyaba el brazo en el marco de la ventanilla, perfecto triángulo de carne, alerón humano.

Mi padre en esa carretera oscura casi no se percata del camión que se le encimaba en zigzag. Lo esquivó con un corte de timón; sin embargo, el roce del camión le destrozó el  triángulo de carne.

Mi padre condujo hasta el hospital, por suerte a pocos kilómetros de ahí, con un dolor horrible y la herida vendada con un pañuelo de algodón fino para detener la pérdida de sangre.

Mi padre, desde ese día, no pudo someterse a una resonancia magnética porque las varillas que le injertaron para reconstruirle el codo, se hubieran disparado como la bala de una Avtomat Kalashnikova Modernizirovannyj.

Mi padre me impuso su nombre como cruz y brújula

Mi padre nunca se enteró que en una piquera, dos décadas después, un amigo gritó mi nombre, porque ya la gente trepaba al camión de pasajeros que nos llevaría a nuestro destino, y entonces se me acercó el chófer, un negrón alto con los ojos rojos.

Tu padre perdió el codo por mi culpa.- me dijo el señor- El responsable fui yo, pero no presentó cargos al enterarse de que yo, como él, serví en Angola.         

Mi padre entendió muy bien que las guerras desgarran a los hombres.

martes, 6 de noviembre de 2018

Coches bombas y pantalones amarillos




Había momentos del día cuando mi ya lejana aula de la secundaria se poblaba de fragmentos de carrocería, de un humo espeso mezclado con la arena de los desiertos. La profesora preguntaba en la información política, la sección diseñada para comprobar la conexión  entre los estudiantes y el mundo roto, por una noticia palpitante.

- Profe, ayer en Afganistán (Iraq o el Líbano) explotó un coche bomba donde murieron cinco soldados americanos y tres civiles- respondía con presura un alumno.

Al principio, asociaba ese españolismo de coche no con un vehículo de motor, sino con los coches para niños. Por mucho tiempo, visualicé a ese árabe callado que empujaba el cochecito por las calles de Bagdad o Kabul con su bebé dinamita.

No amábamos las explosiones, ni sentíamos placer al reducirle el número de efectivos al ejército imperial. La prensa, sobre todo la televisiva que cuenta con más audiencia, en cada espacio disponible saturaba o rellenaba vacíos informativos con estos actos violentos. Las notas y los reportajes se redactaban bajo los mismos patrones y se utilizaban las mismas imágenes o muy parecidas para diferentes trabajos. Resaltaban los conflictos del Medio Oriente para demostrar un estado de caos y descontento generalizado en la zona.

La sobrecarga de información no lograba el resultado deseado; solo alejaba el hecho del hombre al volverlo cotidianidad, solo el destello de un fósforo en la noche arábiga. Limitaba los valores noticias como la novedad o la trascendencia. Aunque los acontecimientos compartieran actores y motivos, cada suceso es irrepetible y diverso.

En los medios nacionales se mantenía (y mantiene) la predilección por recalcar la sangre y el lodo entre las plumas del águila imperial. Esta tendencia, con afán esclarecedora, en ocasiones provoca la no búsqueda de enfoques diferentes que vayan más adentro, hacia lo humano y lo histórico. Estos conflictos provienen de una situación social y cultural, con un fuerte predominio religioso, que media el desarrollo interno de los países del Medio Oriente y su escabrosa relación con los bolsillos y las botas occidentales. 

El favoritismo por los efectos y no las causas en las políticas editoriales cubanas originaron un equívoco por el cual los atentados perdieron, no credibilidad, pero sí, interés. Las bombas no caen solas, existe una maquinaria que las crean y una mano que presiona el botón para lanzarlas sobre hospitales y campos de refugiados. El buen periodismo es el que habla de las bombas, pero siempre como el resultado de la maquinaria, las manos y los botones.

Esos adolescentes en pantalón amarillo que cada mañana levantaban la mano para incendiar su trocito de arabia resultan un ejemplo de que un fenómeno preocupante  como lo es cualquiera donde se pierdan vidas o patrimonio humano si se trata  erróneamente se vuelven un estereotipo.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Granadero




Esto sucedió una noche loca, explosiva por antonomasia, unos años atrás.

Un amigo le tocó el Servicio Militar en los bomberos. La unidad queda a unas cuadras de mi casa, en una de las plazas fundacionales de Matanzas, y a cada rato al regresar de alguna gestión desde ese hemisferio de la ciudad, me lo encontraba en plena guardia.

Casi siempre me pedía un cigarro o que le comprara una caja en el establecimiento del frente, porque no podía cruzar una soga colgante, paralelo trenzado, que separaba a los “podridos” del resto de la humanidad. Luego, al yo comprender la soledad con nombre de mujer del soldado en la posta, me quedaba un rato con él.

En uno de esos diálogos, entre la humareda de los Criollos e historias de los tiempos cuando aún no conocíamos el olor de la pólvora, un borracho se acercó al sector de la soga que ocupábamos.

- Oigan, me hace falta hablar con alguien.- dijo. Su rostro no lo recuerdo, porque llevaba gorra y nos encontrábamos bastante alejados de cualquier farola, pero sí que traía una mochila y que en un metro cuadrado ejecutaba la coreografía del Danubio Azul. ¡Pa-pa, el Danubio azul que yo soñé, pa- pa! , escuchaba en mi cabeza.

- Yo soy el soldado de guardia. ¿Qué desea?

- Mire le voy a explicar. Espérense un minuto.- estiró la mano y sacó de la mochila un pomito con ron.- ¿Gustan?- al negarnos, él encogió los hombros y tomó un buche largo; de ninguna manera, permitiría que acabara su travesía al “Kurdistán”.- El problema es que en casa de mi sobrina hay una granada y tengo miedo de que reviente de pronto.

- ¿Una granada?- preguntó mi amigo; aunque estoy seguro que pensaba igual que yo: más que una granada, eso era una “guayaba” y una buena.

- Mi hermano estuvo en Angola y la trajo de allá. Hace rato que está sobre una repisa- en el extremo caso que fuera real su historia, que suvenires más raro regalan en su familia. - Yo la miro y la miro, y siempre me he preguntado si funciona todavía; pero hoy estoy seguro de que sí.

Cada semana al artefacto se lo tragaba el polvo y luego lo sacudían con un trapito, porque nunca he visto un plumero en Cuba, o lo cambiaban de lugar-de la repisa a una mesita, de la mesita a un librero-para reacomodar los adornos. Él siempre temía que estos roces activaran algún mecanismo y entonces la familia quedara, como una calcomanía, incrustada en las paredes, en la puerta del refrigerador. Después de tanto tiempo al borde de un ataque de nervios, sabrá dios qué resortes engrasó el alcohol para que esa noche buscara ayuda.         

- Señor, déjese de cuento y vaya a refrescar la borrachera.- le contestó el bombero que, después de casi un año de servicio, esta no era la primera vez que enfrentaba una situación tan absurda.

- ¿No me creen? Vengo para acá ahora. La buscaré.- Con su compás a lo Johann Strauss se perdió en una callejuela lateral.

Cansado, demasiadas emociones para una noche, me despedí de mi amigo y lo abandoné al otro lado del paralelo. Una semana después coincidí otra vez con él en su turno de guardia.

- ¿Sabes qué?- me comentó, inclusive ante de “picarme” un cigarro- ¿Te acuerdas del borracho del otro día?... Bueno, imagino que sí… El tipo, como a los treinta minutos que tú te fuiste, se apareció con la granada. Era verdad, hermano. A esa hora se llamó a unos especialistas y la reventaron en el campo de tiro que está a la salida de la ciudad. ¿Qué bolá con esa locura?