lunes, 22 de junio de 2020

El último limpiabotas de la ciudad de Matanzas





Por su derecha se aproximan unos tenis azules; por su izquierda, unas sandalias de mujer con el tacón grueso. No le sirven ninguno de los dos.

Mueve un poco más la mirada a ras del suelo y nota unos “puntifinos” negros, con la suela tan gorda como los neumáticos de un camión. El posible cliente a grandes pasos se dirige a uno de los ómnibus abarrotados. La desilusión no lo abate; de todas maneras, se dice, cuántos pares de zapatos no transitan por una parada.          

- Ahora lo que más se usa son las zapatilla, sobre todo la juventud, y hasta nosotros las personas mayores andamos en chancleta por donde quiera.- comenta Argelio Santos Rodríguez – Los zapatos que se fabrican en la actualidad son de piel sintética que te los pones y enseguida se despellejan.  

Este señor de 76 años se proclama como el único limpiabotas de la ciudad de Matanzas.

- ¿En verdad es el único?

- Como dice el dicho: yo soy el último de los mohicanos. En el parquecito al frente de la terminal de ómnibus, hay uno que se dedica a esta actividad,- defiende con elocuencia su título- pero él trabaja 8 o 10 días, acumula algún dinero y se va para Holguín a ver a la familia.

Su puesto se ubica en un costado del parque de la Catedral de la ciudad cabecera, en las cercanías de una parada de ómnibus casi siempre abarrotada. Consta de dos sillas: una alta, invento criollo de cabillas soldadas, para el cliente y una más baja para él. En el piso, al alcance de la mano están los enceres: el betún, el cepillo y la tinta.

- ¿Usted carga esa silla tan pesada desde su casa hasta aquí?

- No. Yo la guardo cerca, en casa de unas amistades mías y a las siete de la mañana o antes la recojo y vengo para acá, hasta, aproximadamente, las 11 y media; si me demoro más es porque tengo a alguien esperando.

- ¿Cómo y cuándo comenzó en este oficio?

- En el año 2009. Un amigo mío era el que limpiaba antes aquí. Yo, cuando descansaba de mi trabajo en el puesto de mando de la Rayonitro, venía mucho a conversar con él. Después de mi jubilación, a partir del 2010 o 2012, no me acuerdo bien, él decide retirarse. Habló conmigo por si yo quería limpiar zapatos. Yo dije que sí. En definitiva eran unos kilos que me iba a buscar y así mejoraba económicamente. Comencé los trámites y saqué los papeles.

- ¿Alguna vez había hecho esto antes?

- Cuando muchacho, a los 10 o 12 años, en un salón, pero solo estuve 15 o 20 días. Los precios de aquella época son muy diferentes a los de hoy: limpiar un par de zapatos costaba 10 kilos; las botas más altas, 20; los zapatos de dos tonos, un peso y pico.

La circularidad de la vida resulta sobrecogedora. Quizás Argelio, además de por las finanzas, regresó a este oficio para girar con saña las manecillas del reloj hasta llegar a la adolescencia.

- Entonces, ¿Cuál es tu tarifa?

- 5 pesos. Atiendo diez o doce personas y gano 40 o 50 y con eso voy tirando.  Yo tengo problemas familiares con mi mujer. Ella está con el mal de Alzheimer. Mi hijo me ayuda; pero tengo que dedicarle mucho tiempo y dinero. Solo en medicinas para ella tengo que gastar 60 pesos y para mí, veinte y pico, porque soy hipertenso.

Los limpiabotas se asemejan a las vasijas de barro, sin dibujos de dioses, sin incrustaciones de joyas, halladas en las excavaciones arqueológicas. En un pasado solo las emplearon las personas de bajos ingresos, pero en la actualidad poseen un halo de exotismo, de tradición y hasta de identidad. Si tienen dudas pregúntenle a Argelio, el último de su clase en la Atenas de Cuba. 

martes, 16 de junio de 2020

Un poeta perdido en New York




I
Federico busca a José Jacinto por la cubierta de la goleta James Bailey que los conducirá hasta Estados Unidos. Lo encuentra recostado en la baranda. Absorto contempla la franja azul del Mar Caribe que dos horas antes se tragó, inmensidad que devora inmensidad, la espalda verde del Pan. 

Cada día la mente de su hermano gana levedad. Un día descubrirá su cuerpo vacío en la cama o en un sillón con la cabeza que le cuelga sobre el hombro, mientras que su inteligencia alcanzará las nubes, quizás la estratosfera. Para ayudar a la pronta recuperación del joven poeta, sus mecenas convocaron a una colecta para pagarle un viaje por Norteamérica y Europa. Según ellos le favorecería ese cambio de aires.       

- Aléjate de ahí- regaña Federico. Teme que Pepe se fugue, tal vez no como una tórtola, pero sí como una gaviota, por encima de la borda.        

II
El público sale a la desbandada del teatro de Broadway. Hablan en coro sobre la puesta en escena de “Romeo y Julieta” donde actuó el famoso trágico inglés Anderson. Federico vigila que Jacinto no se le pierda entre la muchedumbre.

Con alivio por estar fuera del gentío, llegan hasta la fachada de un edificio.

- Esta tienda de ropas es más grande que el cuartel de Matanzas ¿No crees?- exclama y Pepe alza la vista y asiente con ligereza.

El desembarco en Filadelfia resultó un gran choque. En su imaginación se elevó como el paisaje de un relato del lejano oriente. ”Inmensa y tan espléndida que no parece sino una brillante reunión de palacios y de templos resplandecientes de lujos y elegancias”, pensó en un primer momento. Sin embargo, New York opacó por completo esa primera impresión.

Con el dinero que le mandan desde Cuba, se hospedaron en el hotel Delmónico, uno de los más caros del lugar y todos los días asisten a la ópera, al ballet o visitan lugares turísticos. José Jacinto, desde su llegada a la urbe, gracias a la actividad constante tiene más ánimos, como si las luces de una de las ciudades más modernas y cosmopolitas de la época alimentaran sus propias luces.

III

- Ponle algo a la familia.- Federico se levanta del buró y le ofrece la pluma aún chorreante de tinta al hermano, quien la agarra con timidez y toma asiento.
Por las ventanas se filtran los sonidos de la bulliciosa e hiperactiva ciudad. El poeta inmóvil mira el papel de carta. Luego con parsimonia, escribe las primeras líneas. Después de cinco minutos termina.

Federico curioso revisa la carta antes de guardarla en el sobre:”!Oh! Quien se hallara con vosotros allá, algo más allá de los márgenes del Canímar”, leyó. Por un momento se pregunta si alejar a su hermano de su tierra natal fue un grave error.

Nota: Basado en Milanés: las cuerdas de oro de Urbano Martínez Carmenate        

lunes, 15 de junio de 2020

Vale la pena luchar, dice Comprendo




Esa tarde de lunes me rifé una cobertura sorpresa: la inauguración de la muestra fotográfica El reino de este mundo. Antes que abrieran las puertas de la galería entrevisté a Julio Cesar García, el artista. Este me comentó que sus obras mostraban a ancianos que no se resignaban al sillón de su casa, sino que aún buscaban vida, aunque la vida ya no les sobrara, en la calle: vendedores de pan, recogedores de latas, meroliqueros.

De pronto Julio me pide un receso y saluda a un recién llegado, alto, desgarbado y con el pelo cano peinado hacia atrás, a lo Hollywood de los cincuenta. Vestía guayabera y pantalón de tela carmelita, reminiscencias de un dandi o tal vez una elegancia desgastada.

- Comprendo,- que nombre más raro pensé- no se vaya que esto va a empezar dentro de poco.- le dice el fotógrafo y el señor asiente.

Unos diez minutos después comenzó la inauguración. Luego de unas palabras de bienvenida y agradecimiento para el público, la presentadora le pidió al señor de la guayabera, uno de los modelos de la exposición, que interpretara Comprendo o no comprendo, y explicó que del título de esa canción provenía su apodo, un apodo que mucho tiempo atrás desplazó el nombre en su inscripción de nacimiento, Armando Aguiar Fre.

¿Por qué la vida no me complace con cariño verdadero, puro y sincero?, cantó con voz temblorosa.

Dentro de la galería contemplaba su foto en la pared. En esta le enseñaba al lente una partitura. Vale la pena luchar, se leía en la parte superior de la hoja. Esta frase contrastaba la expresión de su rostro sereno, donde las arrugas parecían corcheas, una melodía triste y vital. Por curiosidad o tal vez por empatía, me atreví a entrevistarlo.

- ¿Cómo llega la música a usted?

- Toda persona escribe algún poema que viene de la misma vida. Yo aprendí música cuando era muchacho. Siempre me gustaron mucho los pentagramas y las buenas canciones del mundo; no lo que existe hoy, esos reguetones.  No los aprecio porque no hay buena letra ni melodía. De todas maneras ese género es para la juventud, yo tengo el mío,- sonríe pillo- el de las personas de la tercera edad.

- ¿Comprendo o no comprendo? ¿Cuál es la historia detrás del tema y del apodo?

- Ese es un bolero que yo hice para la Orquesta de variedades que tocaba en los cabarets de Varadero y pegó cantidad y todas las noches lo ponían en los bailables. Entonces, vinieron un día y me dijeron si no me ponía bravo porque me dijeran Comprendo.

- ¿Cuántas canciones tiene escritas hasta ahora?

 - Veinte y pico o treinta y un carnet para cobrar derechos de autor.

- ¿Y de estas cuántas se conservan?

- Tres en Radio 26

- ¿Actualmente qué hace?

- Aún compongo canciones. Mira esa fue la última, Vale la pena luchar- comenta, mientras señala a la fotografía atrás suyo.- Yo tengo 74 años y vivo en un cuartico cerca del parque de La Libertad. El gobierno me pasa una ayuda por causa social. Cultura ya no me contrata, pero de vez en cuando toco en las iglesias, en la Bautista y en Las Carmelitas mayormente.  

- ¿Imagino que una persona como usted debe tener muchos amigos? 

- Lo fundamental. Tengo la música que me ayuda cuando me veo solo, y en ese momento me viene a la mente una inspiración y cojo un papel y un lápiz.

Era mi última pregunta; sin embargo, antes de darle la mano para despedirme, él me suelta en ráfaga.

- Me siento bien, feliz. ¿Sabes? Tengo muchas amistades que me adoran. Sinceramente, todo se lo debo a la música ¿qué sería yo sin ella?- unos segundos de silencio, duda, quizás, porque no se concibe a sí mismo sin una guitarra, sin una canción atorada en el pecho- un hombre más-concluye.  

Una semana después encontré a Armando en las cercanías del periódico, seguro que su cuartico quedaría por ahí, aunque desde el momento que lo entrevisté me lo tropiezo en cualquier parte, otra leyenda citadina de carne, guayabera y hueso. Sentado en el quicio de una cafetería observaba a la gente secarse las frentes sudadas con las manos, a los perros hurgar en las jabas de basura, las marcas de los neumáticos en el asfalto y de pronto me pregunté si su inspiración no vendría de ahí.

- ¿Maestro quiere un café?- le ofrecí. Comprendo solo se encogió de hombros.

Le alcancé la taza que recibió con sus dedos finos y nerviosos, como las baquetas de un tambor. Me enseñó un peso para pagar.

- No gracias, yo invito. Le debo una crónica.- dije. Creo que no me oyó.

Espero que este texto le llegue y con suerte le provoque una canción, una por la que valga la pena luchar.