miércoles, 28 de noviembre de 2018

El precio del culo




“Quien tanto se precia de servidor de vuesa merced, ¿qué le podrá ofrecer sino cosas del culo? Aunque vuesa merced le tiene tal, que nos lo puede prestar a todos. Si este tratado le pareciere de entretenimiento, léale y pásele muy despacio y a raíz del paladar. Si le pareciere sucio, límpiese con él, y béseme muy apretadamente.”

Gracias y desgracias del ojo del culo, Francisco de Quevedo y Villegas

Pasear por la ciudad sin audífonos, los objetos más frágiles de la creación de Dios, permiten encuentros fortuitos que materializan bombillas flotadoras por encima de la cabeza, como en los dibujos animados. Sin querer queriendo, oí una conversación que causó la idea para este laptopescrito. En el quicio de la acera, un negrón alto con brazos de Popeye conversaba con una señora mayor. Con cara de preocupación comentó:

- Yo no sé de dónde voy a sacar el dinero; si sigo así tengo que dar el culo.  

Para parecer un transeúnte casual y no un curioso continúe mi camino a Roma porque al final todos los caminos conducen allá ¿no?; sin embargo, la frase, como una pelota de tenis, me rebotó entre las paredes del cráneo. Al final logré resumirla a una pregunta, tema central de mi debate interno: ¿CUÁL ES EL PRECIO DEL CULO?

Llegó la hora de ponerse serio, metatrancoso. Valga la aclaración de que este análisis solo incluye a los hombres, el de las mujeres lleva otro laptopescrito.

La sociedad cubana tiene un carácter machista. El catolicismo, que trajeron los españoles junto a la sífilis y los espejos a Cuba, condenó durante mucho tiempo la sodomía como una práctica contra-natura. Quizás la causa de estas persecuciones viene del tiempo del imperio romano, cuando se institucionaliza esta religión, porque la población se rendía ante estos placeres y eso afectaba el crecimiento demográfico.

Por otra parte, intervienen las culturas africanas provenientes de tribus y reinos guerreros con una fuerte base patriarcal y que necesitaban un rápido restablecimiento de la población, para sustituir los efectivos perdidos en los conflictos bélicos. Al asentarse en el archipiélago cubano los habitantes del continente negro estos tabúes en un proceso de sincretismo y bla, bla, bla, se fundieron con los de origen hispano.     

No resulta secreto, así que no quiero “un habla bajito o un pssss, que alguien te oye”, que después del triunfo de enero de 1959, los homosexuales se les juzgó por tener un comportamiento antisocial. Por tanto lo que de por sí, resultaba discreto se invisibilizó por completo. Estos factores históricos y su socialización y reproducción dentro del imaginario popular iniciaron una acumulación primaria del capital.

Una acotación se vuelve necesaria. “Dar el culo”, la frase del Popeye desquiciado en el quicio, hace referencia a la prostitución masculina como una manera fácil y efectiva de conseguir dinero, último recurso para un macho pecho peludo; porque aunque Dios aprieta, pero no ahoga; la Economía no muestra tanta compasión como el señor de la barba en el último piso del mundo.  

En los tiempos actuales la sociedad cubana se ha vuelto más inclusiva. Sin embargo, esto resulta un fenómeno de accionar lento como lo constituye el tránsito de una generación a otra y las necesarias pausas, para el aprendizaje, en un primer término, la aceptación, en un segundo, y la aprehensión, en un último. Mientras no se completen estos pasos, el culo mantendrá, dentro de los márgenes de la percepción popular y su inflación en el mercado negro, su valor por los cielos.              

lunes, 26 de noviembre de 2018

Defensa de los bodrios



En el libro Rutas críticas, Ambrosio Fornet, editor y crítico literario cubano, habla sobre como su nieto leía vorazmente los ejemplares de la saga El legado, conocida por su primer tomo Eragon, una historia de magia y dragones, considerado dentro de la llamada “mala literatura”.

El intelectual reflexiona sobre este fenómeno y plantea que de una manera u otra siempre se obvia la parte didáctica dentro de la literatura- yo aumento su rango y digo que de cualquier producto comunicativo- y se prioriza la informativa o la cognoscitiva, a la vez que nota que ese ejemplar, que quizás no cumple con los estándares estéticos y de estilo de la “alta literatura”, tal vez fuera un paso intermedio para que su descendiente descubriera lecturas superiores.      

Solo comprendí la afirmación de Fornet cuando la vida me ofreció un remedial sobre ella. En la universidad dos compañeras de aula cada mañana, en el intermedio entre que te vomita el ómnibus y aparece el profesor, debatían y reseñaban los últimos capítulos de la telenovela de turno. Al principio me molestaba bastante, porque siempre concebí estos audiovisuales simplones y degradantes; sin embargo, en cierta ocasión durante una clase, la profesora le pregunta a una de ellas por qué las devoraba compulsivamente.

- Yo sé que son malas y que no me aportan nada; pero me divierten.

A partir de ese tarde cada vez que las muchachas hablaba de Enamorándose de Ramón o de alguna por el estilo, cuyo nombre en este momento no recuerdo, siempre me sacaban una sonrisa; porque comprendí que todos tenemos maneras de salirnos de este mundo. En el idioma inglés existe una expresión que sintetiza un poco más mi idea, guilty pleasure, que traducido al español sería placeres culpables o culposos. Cada cual tiene su guilty pleasure, por ejemplo aquellos adultos que se sientan frente al televisor para ver muñequitos y los disfrutan como si aún se comieran la punta de la pañoleta, aunque reconozcan su inocuidad.

Existe el temor, no siempre infundado, del poder de manipulación de la industria cultural. En la película de Stanley Kubrick La naranja mecánica, Alex, el protagonista, un joven delincuente, lo sujetan a una silla y con un aparato especial le mantienen los ojos abiertos para que observe en unas pantallas imágenes de violaciones y asesinatos, mientras tanto le suministran fármacos que le provocan fuertes dolores; de esta manera condicionan su respuesta a los actos violentos que pudiera cometer en el futuro.

No somos Alex, por ver una serie sobre narcotráfico no montaremos un laboratorio para sintetizar drogas en el cuartico de desahogo de nuestras casas; aunque no se puede negar el fuerte carácter manipulador de la industria cultural. Deberíamos preocuparnos no tanto por qué consume cada quien, sino por crear consumidores críticos.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Pórtense bien que viene la visita




El primer recuerdo que guardo acerca de las visitas se remonta a mi escuela primaria. En los matutinos, después de cantar el himno, la directora se acercaba al borde de la tarima y con voz solemne, tal vez para impresionar a los jóvenes pioneros que éramos, anunciaba que ese día una comisión del ministerio, casi siempre del misterio, inspeccionaría el centro.

- Cuando viene alguien a su casa, ¿ustedes que hacen?

La pregunta retórica quedaba en el aire por unos segundos.

- Portarse bien, por supuesto. Yo sé que ustedes siempre se portan bien, pero en esos momentos hay que hacerlo mejor

Luego venían que se mataban las advertencias.

- No quiero ver a nadie con el uniforme por fuera, ni en los pasillos a la hora de las clases, ni ningún otro tipo de indisciplina ¿Entendieron?- Es una lástima que el texto escrito no encierre el histrionismo de este tipo de discurso.

De tantas veces en la semana que nos lo repetían, mi mente infantil imaginaba la escuela como una fortaleza en asedio constante. Luego al transitar por otros niveles de enseñanza, me percaté que el fenómeno no se limitaba al sitio de mis primeros estudios, ni siquiera al sector de la educación.

Las visitas resultan ese momento donde a la fuerza la apariencia, aunque sea por unas horas, sobrepasa a la esencia. No importa que el edificio se desmorone, ese día una mano de pintura y una sonrisa complaciente convierte un cuchitril en Xanadú. En algunos establecimientos gastronómicos, por ejemplo, su sola mención invoca a alguna diosa prehistórica de la fertilidad, y en los estantes, casi siempre en sequía, brotan los más exóticos productos.

En un país donde gran parte de las instituciones y servicios responden al estado, la supervisión constante de las mismas constituye una labor imprescindible para su buen funcionamiento y por transitividad del estado en sí. Estos controles hay que aplicarles la máxima del Apóstol de que la verdadera medicina no es la que cura, sino la que previene. No me acusen de catastrofista, pero la más pequeña tuerca floja vulnera a la maquinaria más poderosa.

El temor a las cabezas rodantes o, para seguir con las metáforas encefálicas, a servir la cabeza en bandeja de plata de algunos empleados si su superior no encuentra todo en orden, desde la contaduría hasta los manteles de las mesas, ocasiona delirios de bienestar. Con un enfoque diferente, tal vez ese empleado solo busca reconocimiento por su buena gestión o el mantenimiento de un status quo obtenido en largos años de trabajo eficiente, sin embargo no importa el motivo si al final provocan el mismo efecto.

Otro elemento a tomar en cuenta resulta el factor sorpresa. Muchas de estas comprobaciones se notifican con semanas o meses de antelación, y guerra avisada no mata soldado, a menos que el soldado viva en las nubes; por ello, sin contar los recorridos oficiales o la conmemoración de algún evento en específico, sería muy producente un poco de cautela a la hora de las alarmas y los avisos.

La perfección no es perfectible. Si como en un show de magia le colocas a los problemas un pañuelo encima y le dices al público “ahora lo ves y ahora no lo ves”, solo los escondes en la manga del traje o en el fondo del sombrero de copa junto al conejo no desaparecen en realidad. Estos paripés, para hablar en buen cubano, con el tiempo solo acumulan mentiras que conducen a errores irreversibles.