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miércoles, 28 de abril de 2021

El adelanto y el atraso

 

 

La palabra “adelanto” en la semiótica popular cubana hace referencia a aquellos que avanzan hacia un estatus que el imaginario social considera superior: del bohío al penthouse, del campismo popular al hotel cinco estrellas, de la Thaba Cuba a la Reebok, de la mortadella al jamón Serrano, de la potasa al Pantene. 

Su contraparte, “el atraso”, antónimo lingüístico y cotidiano, significa un retroceso a un estado menos favorecido por el ojo y la lengua ajena: de la ciudad a la aldea, de Varadero al vado del río, de la malta al sirope. Todo ello depende de percepciones construidas que se han mantenido en el tiempo y, aunque varias han quedado atrás, otras se mantienen, sobre todo las negativas, que casi siempre llevan consigo expresiones peyorativas.

Abel Prieto, en su novela El vuelo del gato, hace referencia a este fenómeno en la conversación de unos amigos, que analizan su vida y la de sus conocidos a través de la dicotomía del “adelanto” y el “atraso”. Uno de ellos, Freddy Mamoncillo, al hablar de la historia de sus padres, cuenta lo siguiente:

“En el ámbito ‘religioso-espiritual’, en el ‘étnico’ y en el ‘social’, Ñico, un ‘pichón de haitiano’, negro entre los negros y albañil sin empleo fijo, con aquella cabeza erguida, altiva, erizada de pelo malo y de quién sabe cuántas creencias salvajes traídas a Cuba por sus ascendientes, debía ‘adelantar’ junto a ella, junto a Charo, que era blanca entre las blancas y dependienta, no en una bodega ni en un timbiriche de tres por quilo...”.

Cuando una “negra” se empata con un “blanco”, siempre hay quien dice por lo bajo, a veces hasta por lo alto, porque al final los códigos de conducta se lo permiten, que está “adelantando la raza”. Desde una percepción errónea, lo afrocubano se concibe como el retroceso. Por ello el pelo “malo”, la pasa, el estropajo, el estambre se considera un marcador del “atraso”, siempre inferior al “bueno”, al lacio, al chino, al que chorrea por la espalda.

Estas concepciones poseen un carácter histórico. El origen de la civilización, según las verdades aprehendidas se encuentra en Europa, todo lo demás es periferia, “área verde”.

El blanco caucásico o latino es el prototipo de belleza y éxito, aunque toda la gloria del Viejo Continente se construyó a través de la explotación de los nuevos continentes. Dicha ideología prendió en sus colonias, donde aquel que más se parezca en su fisionomía y fisiología al antiguo conquistador poseerá mayor ventaja a la hora de abrirse paso en la sociedad.

Por ello a parte de esa suerte de rejuego con la genética, cuando vamos a percibir la belleza en los afrocubanos lo hacemos a través de los códigos de los caucásicos: narices respingadas, buenas para el frío de los Alpes, no las chatas que nacieron de las altas temperaturas del África; rasgos finos de eslava y no facciones más escarpadas y redondeada.

Entonces cualquier método que se emplee para atenuar estos rasgos se percibe como un “adelanto”, una aproximación a un status quo y al final no son más más que códigos históricos construidos sobre nociones erróneas.

Las voces “atraso” y “adelanto”, desde un punto de vista lingüístico, denuncian concepciones que se interseccionan con el racismo y la xenofobia. Tales posturas vuelven al sujeto un objeto que la sociedad evalúa y categoriza según criterios infundados y que no deberíamos permitir que se propaguen o que lo hereden las generaciones venideras.

Yo, por mi parte, suscribo las palabras de Abel en su novela: “Los códigos estéticos del futuro —dijo— darán cabida en su seno a todas las narices, a todos los colores, a todos los pelos, y será la raza universal, fruto del más completo y definitivo mestizaje”. 

martes, 27 de abril de 2021

Todas las patas en el aire: Ley de Bienestar Animal en Cuba


 Un marco jurídico que pautara el cuidado de los animales en Cuba resultaba un pedido de los animalistas cubanos desde hace varios años atrás. Todas las patas estaban en el aire – me robo el título de un libro de cuentos de Rafael de Águila – en espera de que el gobierno legislara sus peticiones. 

El mayor trasiego sobrevino en el proceso de reforma constitucional. Durante el análisis popular del proyecto de Carta Magna, varios ciudadanos solicitaron dicha ley aunque la llamaban de Protección y no de Bienestar. Sin embargo, aunque parezca una nimiedad semántica dicho remplazo, en él viene incluido todo un cambio en la concepción y aplicación de la Ley: el primero concibe a los animales como seres independientes al hombre con sus derechos propios; mientras que el segundo, asume la interrelación que existe entre fauna y sociedad.

Hace unos días, después de casi un mes que se anunciara, se publicó el documento donde se encuentra la Ley de Bienestar Animal. En él se recoge de manera detallada los derechos de los animales y las obligaciones de las personas que deban tratar con ellos, tanto sea por su labor, por necesidad o empatía. Más allá de la satisfacción de una lucha que llega a feliz término, no podemos olvidar que aún queda por lograr lo más importante: su correcta ejecución, en un primer momento, y luego como un macro motivo, eliminar cualquier manifestación de maltrato o violencia hacia los animales.  

Como se planteó con anterioridad, la interrelación del hombre y los animales resulta un punto importante del documento. “…la salud humana y la sanidad animal son interdependientes y están vinculadas a los ecosistemas en los cuales coexisten”, define el mismo.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que mientras los primeros lo que poseen son hábitos e instintos de supervivencia, las personas sí se encuentran sujetos a otras variables que condicionan sus comportamientos como la economía y la cultura; y la Ley ipso facto no modificará estas dos variables.

El Decreto necesita para su correcta aplicación un andamiaje institucional que no existe o que no es funcional, por ejemplo un sistema de clínicas veterinarias y acceso a medicamentos económicos como vacunas, antibióticos y desparasitantes. Estas constituyen necesidades fundamentales, explícitas en el documento, para el cuidado de las mascotas.

También pide que estos últimos para transitar por la vía pública posean un chip, una collar, un solapín que los identifique y en el caso de los perros, si son de mediano o gran tamaño, un bozal. Pueden parecer menudencias, pero estos son implementos que en Cuba no sobran  y que no existe la costumbre de emplear.

Con respecto al manejo de las poblaciones de animales callejeros, también en el texto se estipula una serie de acciones a tomar que necesitan estar respaldadas por una infraestructura bien engranada y con una logística adecuada. La coyuntura económica por la que transita el país en el momento no facilita que se empleen recursos con este propósito.

El hombre se acoge a una serie de prácticas que imponen su contexto social, geográfico y cultural. Transformarlas no resulta un proceso sencillo, porque muchas de ellas se encuentran bien arraigadas dentro del subconsciente colectivo; incluso, algunas pueden llegar a ser ilegales, sin embargo se les entiende como moralmente correctas. La existencia de una legislación no significa el subsecuente cambio de dichas costumbres.

Ahí quizás radique uno de los mayores retos de la Ley de Bienestar Animal la transformación para bien de dichas prácticas. Para ello, más allá de la imposición de sanciones se debe realizar una labor constante de educación y así tal vez las generaciones del futuro no compartan nuestros vicios y deslices de consciencia. A la vez puede ser un atenuante en lo que se crea y perfecciona la infraestructura necesaria para la correcta aplicación. Todas las patas deben mantenerse en el aire, como muestra de que la lucha solo ha ganado uno de las batallas, pero que todavía queda muchas por vencer.

lunes, 5 de abril de 2021

Crítica cultural: Flechas de neón con par de bombillos rotos

 


 
 
Hace unos meses atrás en la edición estelar del Noticiero de la Televisión Cubana, la periodista Lied Lorain realizó una fuerte y coherente crítica a la mediática telenovela El rostro de los días, la del Machi, los ropajes azules de Mariana y espíritus marinos; un producto cultural que prendió fuerte en el gusto popular y en el imaginario social. Las respuestas de los televidentes no se hicieron esperar. Muchos reaccionaron de manera defensiva en posts que rayaban en la violencia y la falta de respeto.
 
Más allá de la poca mesura de algunos a la hora de expresar su opinión en las redes, dicha actitud demostró un entramado más complejo: la necesidad de una crítica cultural inteligente y asidua en nuestros medios de prensa. Su escasez hace que su aparición en los canales oficiales parezca el cometa Halley, un fenómeno amenazante que ocurre una vez cada setenta años.
 
Existe una falsa comprensión del periodista como simple promotor cultural. A veces tal idea proviene de los propios artistas que utilizan al reportero como un relacionista público, porque, al final, como dicen por suburbios y galerías, “lo que no se enseña, no se vende”. Sin embargo, no podemos culpar a los creadores por completo, porque la prensa al acomodarse en dicho rol, normaliza el fenómeno y lo vuelve cotidianidad.
 
Este modo de hacer, casi transformado en una rutina productiva, provoca que el propio periodista se conciba a sí mismo como un mero informante. Valga la aclaración de que no me refiero a aquellos que laboran en medios especializados, como revistas, aunque estos también poseen algunos de los defectos que se mencionan en este texto. Una simple nota informativa no basta para mostrar los diversos matices de un hecho cultural.
 
La promoción es una herramienta válida, incluso útil, y nadie propone su destierro de los predios de la prensa, pero no puede convertirse en el pan nuestro de cada día o por lo menos no la de cartelera, digo hora y lugar y me lavo las manos como Poncio Pilatos. Debe volverse un producto en sí misma, que invite al público a su consumo, al trasmitirle las mismas impresiones que provocaron en el periodista o crítico en un primer lugar.
 
Durante años se ha hablado que, ante la irrupción de las nuevas tecnologías en la vida moderna, el periodista debe cambiar su función de mero informante a analista. Más allá de las preguntas básicas de cómo, cuándo, dónde, debería centrarse en el por qué, y el periodismo cultural no resulta ajena a dichas transformaciones. Lleva quemarse las pestañas, horas de estudio, especialización, si no queremos caer en ingenuidades. 
“Con un gran poder, viene una gran responsabilidad” es una frase que se relaciona con la historia de Spider Man; sin embargo, me parece muy adecuada para referirme a la función de los críticos como formadores del gusto cultural, en sus dos vertientes: la estética y la cognitiva (o comunicativa). La misma existencia de franquicias como las del antes mencionado Hombre Araña, un ídolo de la cultura pop, conocido desde la Tierra del Fuego hasta la Siberia, nos anuncia un problema que, aunque parezca “muela”, no lo es: la colonización cultural.
 
El combate de esta, la búsqueda de productos que vayan más allá del puro entretenimiento, ahuyentar el seudoarte hecho dentro y fuera de Cuba, la concepción de un mundo multilateral y no uno con culturas-predadoras y culturas-presas, donde muchas de estas últimas se encuentran en peligro de extinción, constituye una de las tantas funciones de una crítica comprometida.
 
Las audiencias se educan y no a través de métodos escolásticos, es decir, no se trata de repetir los mismos contenidos una y otra vez hasta que se graban en el cerebelo, sino a través de una labor sistemática de análisis de diferentes productos culturales. Esto si se realiza de manera correcta, no solo permitirá al público discernir sobre la calidad de tal o más cual obra, también le dará herramientas para evaluar por sí mismo las próximas a las que se acerque.
 
La crítica cultural debe ser como una señal de neón en medio de una carretera nocturna, un indicio lumínico que nos indique el camino correcto. Si el brillo resulta muy fuerte, nos enceguece y perdemos de vista el mensaje; si es muy débil, entonces la oscuridad nos lo ocultará por completo. Aquí en Cuba, sobre este tema, aún nos resta cambiar par de bombillos rotos, aunque haya una noción de hacia donde debe apuntar la flecha.

lunes, 2 de noviembre de 2020

El último gladiolo

 

 

¿Qué sucederá cuando se acaben los gladiolos en Cuba? Cuando llegue alguien del Citma y diga que se encuentran en peligro de extinción, entonces qué se dará junto a los diplomas en cada acto. Un diploma solo, sin su correspondiente planta, no va más allá de un pobre y endeble papel o una porosa cartulina: la tristeza cuadriculada.  

Quizás un primer paso para la conservación de la flor, constituya entender que los estímulos morales cuando se regalan, dejan de ser estímulos y se vuelven pantomimas. Al convertir lo que debería ser el colofón de los esfuerzos individuales y colectivos en mero protocolo, desvirtuamos dichas acciones y gastamos gladiolos que pudiera dárseles un uso más inteligente, menos ornamental.  

La vox populi, ese chismoso inconsciente colectivo, tiene un dicho que condensa la sobresaturación: “Aquí todo el mundo ha recibido un diploma”. Tal vez esta frase dé una idea de la concepción del sistema de estímulos que se ha establecido a través de los años en el país. No planteamos que estén de más, sino que necesitamos quitarnos costumbres y vicios, para que adquieran su verdadero valor y utilidad.

Cualquier trabajo voluntario, conmemoración de una fecha histórica o actividad colateral siempre consta de la entrega de un papel acrediticio, como si fuera parte de un diseño inviolable, que en vez de enriquecerlos como actividad los vuelve una obviedad.

Incluso, en ocasiones, estar en el momento y lugar correcto resulta lo único necesario para, de repente, verte subir a un estrado para estrecharle la mano a un funcionario o a una personalidad y regalarle una sonrisa a alguna cámara extraviada. La voluntad y la acción real de los hombres se vuelven un elemento secundario y eso es triste.  

Si todos ganan, entonces no existió un ganador; esto resulta un razonamiento muy sencillo.  No se malinterprete que es un intento de azuzar la competitividad insana, corruptora de las buenas intenciones, sino que podemos decir - a través de otro razonamiento muy sencillo - que si alabamos el trabajo de todos, al final no alabamos al de nadie.  

Ernesto “Che” Guevara en “El Socialismo y el Hombre en Cuba” escribe que: “De allí que sea tan importante elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Ese instrumento debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social”.

Por desgracia en estos momentos lo material, si de persuasión se habla, es más buscado que lo moral; sin embargo, ello se entiende por el contexto económico que transita el país. Así que al segundo, como plantea el Che, hay que saber elegirlo correctamente, porque si lo empleamos de manera erronea, pierde su valor simbólico, tanto para quien lo recibe, que lo comprende como un reconocimiento a sus esfuerzos, como para el resto de sus iguales que deberían encontrar en el ganador un espejo donde mirarse, una meta a sobrepasar. Así se crearía una emulación de real camaradería.

“Como ya dije, en momentos de peligro extremo es fácil potenciar los estímulos morales”, prosigue Guevara. ¿Y qué momento más arduo para el país que este, crucificado entre dificultades económicas y el virus que no has hecho replantearnos términos tan aceptados como “normalidad”?

Por ello es más importante que nunca, el empleo correcto de los reconocimientos, sobre todo, cuando entendemos que esta coyuntura atípica y caótica será nuestra nueva realidad por un periodo que se vaticina extenso.

En vez de derrochar gladiolos en intentar que las personas se aferren más a sus labores, deberíamos trabajar más en la formación de una conciencia individual que nos haga comprender que la sociedad y la nación es una construcción colectiva y continúa que solo con la ayuda de todos, con las buenas maneras e intenciones de todos, podremos avanzar.

Cando el último hombre, reciba el último gladiolo que se le hinche el pecho de orgullo. Eso necesitamos.