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martes, 1 de junio de 2021

Canciones sobre la pandemia que no se volvieron virales

 

 


 

Hay muchos motivos que provocan la inspiración de los músicos. Algunos poseen carácter intimista que ponen sobre la mesa sus contradicciones internas, sus emociones, sus estados de ánimo y temperamento; otras tienen un origen exterior, la realidad golpea, soprende, engancha y no queda más remedio que expresar todo ello a través de la creación. 

Tal vez la covid 19 haya sido el sismo social más grande desde la caída del muro de Berlín o la Segunda Guerra Mundial. Percepciones, rutinas, dinámicas que consideramos promedio durante años se rompieron y nos obligaron a construir nuevas o utilizar versiones más pobres que las empleadas durante la cada día más lejana “normalidad”. 

Por ello no resulta extraño que los músicos se hayan inspirado en este fenómeno para sus composiciones. Sin embargo, todos estos productos no siempre poseen el tino de lo coherente, aunque se encuentren bien ubicados en el contexto temporal y social. 

Quizás el embullo o cierta impaciencia por ser útil obnuvile al creador o ,por lo menos, eso he pensado, cuando me enfrento a estas canciones pandémicas.  Tal vez alguno conciba que de por sí cualquier sencillo que gire alrededor de la situación epidemiológica que ha vivido el mundo o Cuba sea una muestra fehaciente de su compromiso social. Por tanto, para sentirse a la altura de su rol debe responder lo más raudo posible.  

Según este humilde escribidor, estar a la par de su época sin dudas debe ser la principal deuda del artista. No obstante, tal vez la premura de algunos por sentirse útil, ha sido tanta que la estética ha quedado atrás.

Si el arte lo componen dos elementos, uno estético y otro cognitivo (o comunicativo), cuando uno de los dos está a la saga, entonces el resultado final cojeará y será solo una parodia de algo que pudo ser extaordinarimante bello.

Este apuro por saldar las deudas que nos impone el contexto, sería el más humano de los casos, porque siempre puede existir quienes han aprovechado la coyuntura como un trampolín para lanzar o relanzar su obra en los hits parades y otros mercados de la música insular.

El uso en su lírica de elementos identitarios de esta situación extraodinaria como el nasobuco, el aislamiento o los diferentes métodos de desinfección muchas veces se fuerzan dentro de los textos. En otras ocasiones parecen lugares comunes, porque, aunque solo hace un año el Sars - Cov - 2 llegó a la Isla, su irrumpción violenta y su establecimiento como norma y realidad provocó que el referente se desgastara de prisa y se volviera un poco repetitivo y su mención, entonces, ocasionara rechazo.

Otra vertiente de estas canciones han sido las que están en clave de humor o de música popular bailable. Llevar ánimo al público, transmitir vitalidad es necesario; no obstante, el contraste entre la realidad repleta de gente con seres queridos en las zonas rojas, de familias separadas durante meses y los tonos carnavalescos de los sencillos no siempre poseen la medida justa y con este aspecto hay que tener mucho cuidado. La sensibilidad humana puede ser muy frágil, sobre todo a causa de una situación límite.

En mi criterio las más exitosas, desde un punto de vista holístico, han resultado aquellas que se refieren a sentimientos como la nostalgia, que combaten la apatía, la desesperación y el tedio, pero desde una postura realista, donde el sujeto lírico habla desde un enfoque más humano y menos utópico. Estas transmiten esperanza y no un positividad que a veces peca de ingenua, y eso es lo que necesitamos: esperanza.

Resulta loable el esfuerzo de todos aquellos que han puesto su arte en función del enfrentamiento contra el virus y esto nunca se puede olvidar, porque como diría Martí ahí está “la utilidad de la virtud” y que a todos ellos llegue el agradecimiento del público; sin embargo, siempre resulta provechoso mirarse por dentro o escucharse por dentro, en este caso, para ofrecer productos artísticos lo más completos posibles, tanto desde lo estético como de lo comunicativo.


miércoles, 28 de abril de 2021

El adelanto y el atraso

 

 

La palabra “adelanto” en la semiótica popular cubana hace referencia a aquellos que avanzan hacia un estatus que el imaginario social considera superior: del bohío al penthouse, del campismo popular al hotel cinco estrellas, de la Thaba Cuba a la Reebok, de la mortadella al jamón Serrano, de la potasa al Pantene. 

Su contraparte, “el atraso”, antónimo lingüístico y cotidiano, significa un retroceso a un estado menos favorecido por el ojo y la lengua ajena: de la ciudad a la aldea, de Varadero al vado del río, de la malta al sirope. Todo ello depende de percepciones construidas que se han mantenido en el tiempo y, aunque varias han quedado atrás, otras se mantienen, sobre todo las negativas, que casi siempre llevan consigo expresiones peyorativas.

Abel Prieto, en su novela El vuelo del gato, hace referencia a este fenómeno en la conversación de unos amigos, que analizan su vida y la de sus conocidos a través de la dicotomía del “adelanto” y el “atraso”. Uno de ellos, Freddy Mamoncillo, al hablar de la historia de sus padres, cuenta lo siguiente:

“En el ámbito ‘religioso-espiritual’, en el ‘étnico’ y en el ‘social’, Ñico, un ‘pichón de haitiano’, negro entre los negros y albañil sin empleo fijo, con aquella cabeza erguida, altiva, erizada de pelo malo y de quién sabe cuántas creencias salvajes traídas a Cuba por sus ascendientes, debía ‘adelantar’ junto a ella, junto a Charo, que era blanca entre las blancas y dependienta, no en una bodega ni en un timbiriche de tres por quilo...”.

Cuando una “negra” se empata con un “blanco”, siempre hay quien dice por lo bajo, a veces hasta por lo alto, porque al final los códigos de conducta se lo permiten, que está “adelantando la raza”. Desde una percepción errónea, lo afrocubano se concibe como el retroceso. Por ello el pelo “malo”, la pasa, el estropajo, el estambre se considera un marcador del “atraso”, siempre inferior al “bueno”, al lacio, al chino, al que chorrea por la espalda.

Estas concepciones poseen un carácter histórico. El origen de la civilización, según las verdades aprehendidas se encuentra en Europa, todo lo demás es periferia, “área verde”.

El blanco caucásico o latino es el prototipo de belleza y éxito, aunque toda la gloria del Viejo Continente se construyó a través de la explotación de los nuevos continentes. Dicha ideología prendió en sus colonias, donde aquel que más se parezca en su fisionomía y fisiología al antiguo conquistador poseerá mayor ventaja a la hora de abrirse paso en la sociedad.

Por ello a parte de esa suerte de rejuego con la genética, cuando vamos a percibir la belleza en los afrocubanos lo hacemos a través de los códigos de los caucásicos: narices respingadas, buenas para el frío de los Alpes, no las chatas que nacieron de las altas temperaturas del África; rasgos finos de eslava y no facciones más escarpadas y redondeada.

Entonces cualquier método que se emplee para atenuar estos rasgos se percibe como un “adelanto”, una aproximación a un status quo y al final no son más más que códigos históricos construidos sobre nociones erróneas.

Las voces “atraso” y “adelanto”, desde un punto de vista lingüístico, denuncian concepciones que se interseccionan con el racismo y la xenofobia. Tales posturas vuelven al sujeto un objeto que la sociedad evalúa y categoriza según criterios infundados y que no deberíamos permitir que se propaguen o que lo hereden las generaciones venideras.

Yo, por mi parte, suscribo las palabras de Abel en su novela: “Los códigos estéticos del futuro —dijo— darán cabida en su seno a todas las narices, a todos los colores, a todos los pelos, y será la raza universal, fruto del más completo y definitivo mestizaje”. 

martes, 27 de abril de 2021

Todas las patas en el aire: Ley de Bienestar Animal en Cuba


 Un marco jurídico que pautara el cuidado de los animales en Cuba resultaba un pedido de los animalistas cubanos desde hace varios años atrás. Todas las patas estaban en el aire – me robo el título de un libro de cuentos de Rafael de Águila – en espera de que el gobierno legislara sus peticiones. 

El mayor trasiego sobrevino en el proceso de reforma constitucional. Durante el análisis popular del proyecto de Carta Magna, varios ciudadanos solicitaron dicha ley aunque la llamaban de Protección y no de Bienestar. Sin embargo, aunque parezca una nimiedad semántica dicho remplazo, en él viene incluido todo un cambio en la concepción y aplicación de la Ley: el primero concibe a los animales como seres independientes al hombre con sus derechos propios; mientras que el segundo, asume la interrelación que existe entre fauna y sociedad.

Hace unos días, después de casi un mes que se anunciara, se publicó el documento donde se encuentra la Ley de Bienestar Animal. En él se recoge de manera detallada los derechos de los animales y las obligaciones de las personas que deban tratar con ellos, tanto sea por su labor, por necesidad o empatía. Más allá de la satisfacción de una lucha que llega a feliz término, no podemos olvidar que aún queda por lograr lo más importante: su correcta ejecución, en un primer momento, y luego como un macro motivo, eliminar cualquier manifestación de maltrato o violencia hacia los animales.  

Como se planteó con anterioridad, la interrelación del hombre y los animales resulta un punto importante del documento. “…la salud humana y la sanidad animal son interdependientes y están vinculadas a los ecosistemas en los cuales coexisten”, define el mismo.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que mientras los primeros lo que poseen son hábitos e instintos de supervivencia, las personas sí se encuentran sujetos a otras variables que condicionan sus comportamientos como la economía y la cultura; y la Ley ipso facto no modificará estas dos variables.

El Decreto necesita para su correcta aplicación un andamiaje institucional que no existe o que no es funcional, por ejemplo un sistema de clínicas veterinarias y acceso a medicamentos económicos como vacunas, antibióticos y desparasitantes. Estas constituyen necesidades fundamentales, explícitas en el documento, para el cuidado de las mascotas.

También pide que estos últimos para transitar por la vía pública posean un chip, una collar, un solapín que los identifique y en el caso de los perros, si son de mediano o gran tamaño, un bozal. Pueden parecer menudencias, pero estos son implementos que en Cuba no sobran  y que no existe la costumbre de emplear.

Con respecto al manejo de las poblaciones de animales callejeros, también en el texto se estipula una serie de acciones a tomar que necesitan estar respaldadas por una infraestructura bien engranada y con una logística adecuada. La coyuntura económica por la que transita el país en el momento no facilita que se empleen recursos con este propósito.

El hombre se acoge a una serie de prácticas que imponen su contexto social, geográfico y cultural. Transformarlas no resulta un proceso sencillo, porque muchas de ellas se encuentran bien arraigadas dentro del subconsciente colectivo; incluso, algunas pueden llegar a ser ilegales, sin embargo se les entiende como moralmente correctas. La existencia de una legislación no significa el subsecuente cambio de dichas costumbres.

Ahí quizás radique uno de los mayores retos de la Ley de Bienestar Animal la transformación para bien de dichas prácticas. Para ello, más allá de la imposición de sanciones se debe realizar una labor constante de educación y así tal vez las generaciones del futuro no compartan nuestros vicios y deslices de consciencia. A la vez puede ser un atenuante en lo que se crea y perfecciona la infraestructura necesaria para la correcta aplicación. Todas las patas deben mantenerse en el aire, como muestra de que la lucha solo ha ganado uno de las batallas, pero que todavía queda muchas por vencer.

viernes, 26 de febrero de 2021

Pello: rumba y mercurio


 

Pello tiene unas manos inmensas en comparación con su cuerpo que la máquina de diálisis ha consumido casi por completo o con respecto a otras cualquieras, como las mías o las del bicicletero que vende ajo, ají y cebolla y que pasa frente a la puerta ahora; grandes como las de Oggún, el orisha herrero, al que se consagró cuarenta años atrás, gigantescas como alguien que tocó rumba tanto tiempo que se fusionó con su instrumento y que le hace afirmar “Yo soy el tambor”.

“Nací y me crié en una ciudadela donde se practicaban todo tipo de religiones. Ensayaban comparsas, grupos de guaguancó, se hacían plantes de ñañigos. Todos los muchachos cuando abrían los ojos lo que veían eran esas cosas. Yo chiquito hacía mis boberías, tú sabes, era un poco travieso y embelequeros y a los 13 años por primera vez entro en un grupo para tocar el tambor batá de manera profesional”.

Estamos en su casa en el barrio de Pueblo Nuevo, el mismo en que nació hace 78 años atrás. Nos rodean los santos y sus ofrendas: para que abran caminos, para que mantengan la cabeza clara, para citar a la buena fortuna. Pello está sentado en una butaca encima de unas mullidas almohadas que amortiguan el dolor de sus viejos huesos y articulaciones. Su esposa Julia Zulima nos acompaña desde el sofá pendiente a cualquier necesidad de su marido como hace desde que enfermó, casi dos décadas atrás.

Pedro Pablo Tápanes es un percusionista, aunque quizás esta palabra le suene a él demasiado académica  y prefiera rumbero, un vocablo más natural, más de quien disfruta la música como fue en los principios del hombre: un festejo para pedirle abundantes lluvias e hijos sanos a los dioses.

“Si te dijera que yo he estudiado música, te estuviera engañando, porque, por ejemplo, yo practicaba solfeo, pero una vez cada seis meses y eso no es así; todo lo que yo tengo es espíritu. Nunca me guié por un papel ni nada”.

“Ahí mismo en la ciudadela hicimos un conjunto  que se llamaba Guaguanco Neopoblano que luego sería Afrocuba”. Junto al grupo, uno de los más representativos de la música tradicional cubana, conquistó los  barrios de la gente que le gusta sentarse en los quicios a ver la vida pasar, porque no soportan la inmovilidad de las casas. Además se apoderaron de los espacios de violines y estolas, como el Teatro Sauto, los que construyeron sus ancestros, pero que se les vedaba por no considerar a sus cantos herejes arte, quizás por su poder hipnótico sobre el cuerpo. Ellos también llevaron estas misas negras, esta liturgias de la afrocubanidad a gran parte del mundo. 

 “A todos los lugares a donde yo llegaba, siempre investigaba las raíces folclóricas del lugar para después montarlas aquí. Hemos contribuido mucho y pienso que todo era por un deber con Cuba, con nuestra cultura”.

“Esa es su vida.. tocar”, afirma Julia Zulima con un gesto nostálgico, porque ella antigua bailarina de Afrocuba en muchas ocasiones bailó al son de las manos de Pello. “Déjame enseñarte unas fotos”, dice y se pierde en un pasillo rumbo al interior de la casa.

Ahora los periplos de Pedro se reducen a los traslados en taxi desde su casa hasta la sala de diálisis del Faustino Pérez tres veces a la semana, no obstante aun le quedan sus recuerdos, esos a los que accede sin visa, sin aeromozas que recitan una y otra vez donde se encuentran las puertas de emergencias del avión.

Dentro de su memoria es un ser ubicluo: puede estar en cualquier lugar y en todos a la vez con solo cerrar los ojos. Parpadea y arman una rumba a las una de la mañana en una calle del Bronx. Parpadea y se encuentra en Italia donde imparte clases y descubre que es mentira eso de que los “yumas” no tienen ritmo. Parpadea y está en Miami y le informan que deben suspender el concierto porque los grupos anticubanos amenazaron con colocar una bomba en la tarima.

“Yo he viajado por el mundo entero y mira que me ofrecieron dinero para que me quedara, porque tú sabes que cuando llega un rumbero bueno a los Estados Unidos la gente le faja; y mira que a mí me fajaban, y yo aquí”.

“Uno, al final, quiere este pedacito. Déjame explicarte una cosa. Allá se vive muy bien, pero también con un peligro muy grande. Ahora mismo aquí la puerta está abierta y estamos seguros, pero allá cualquier gracioso para el carro frente a la casa y te cae a tiros sin que hayas tenido ningún problemas con ellos”.

Dicen que Chano Pozo, el bongosero que introdujo los ritmos afrocubanos en los Estados Unidos, podía tocar rumba al golpear el piso solo con sus manos. Yo observo a Pello y pienso que él haría brotar un guaguancó de los adoquines de la Plaza de la Vigía, un yambú al diente de perro de la Playa de la Caridad, una columbia a los escalones del Balcón de Jaureguí.

Nosotros le sacábamos sonido a cualquier cosa, lo que en estos momentos no puedo hacerlo”, me comenta Pello un poco “gallito”, como si desafiara a cualquiera que lo contradijera; al final él es el tambor. Julia Zulima en ese momento aparece del interior de la vivienda con un álbum de fotos entre las manos como los que habitan el fondo de los escaparates y cómodas de cualquier familia cubana.

Hace cerca de una década que Pedro no puede tocar. La esposa cuenta que hace 18 años atrás empezó a dolerle la cabeza y la espalda. En el hospital cuando lo sometieron a un ultrasonido, encontraron mercurio en sus riñones. Entonces le diagnosticaron una intoxicación nefrótica.

Ella misma me explica que antes había mucho desconocimiento y poco acceso a los médicos y que cuando las personas padecían un empacho le daban a tomar azogue. Rompían un termometro y echaban una gota en una cuchara.

“Mi tía también tuvo un empacho y le dieron mercurio. Se curó del empacho, pero se murió del riñón. ¿Qué pasa? El azogue no se elimina y se queda en el organismo. Entonces eso fue tupiendo y tupiendo el riñón y al cabo de los años, ya viejo, se vino a saber. Imagínate que ni la máquina de la diálisis ha sacado, eso”, explica.   

El mercurio y el intenso tratamiento, casi dos décadas de diálisis, han desgastado a Pello y provocado una artrosis que le otorga a su caminar cierto movimiento robótico. “Él está encamado y tres veces por semana hay que casi cargarlo para que baje el quisito y se monte en el taxi”, me explica Zulima, mientras me alcanza el album para enseñarme fotos de él antes que le aparecieran los primeres síntomas de la intoxicación. Es un mulato fornido, alegre, que viste camisas guarabeadas y le cuelgan del cuello cadenas con grandes dijes.

Está con las manos en vilo encima del tambor, como si en cualquier momento empezara a calentar el cuero, como si la rumba fuera inminente. Una sensación parecida me embarga ahora, cuando lo observo aunque no esté tan fornido y que las anquilosadas articulaciones no le permitan tocar: en cualquier momento irrumpirá en esa pequeña casa los ritmos del monte, de los solares, de las cuarterías, del puerto, del cañaveral, una música sensual y de resistencia. 

  

“Ojalá pudiera tocar. Para demostrarles una vez más quién es Pedro”, me dice de repente. Quizás la presencia del álbum y pensar en los toques de santos, los viajes, la estancias en hoteles de Varadero, los carnavales, capturados dentro del álbum le despertaron la nostalgia. Yo pienso que el mercurio le envenenó las entrañas, pero no la voluntad; y cuando observo esas inmensas manos me digo “él tambor es él”.