Los animales le otorgan a las ciudades cierta energía
cinética (vida = movimiento). Cuando caminas de la casa al trabajo y te pones a
saltar de raya a raya sobre las baldosas de las aceras, porque crees que si no
lo haces el muermo apagará el switch de tu cerebro y te dejará en modo
catatónico off, un buchón que vuele por encima
tuyo, como una mota de polvo en los cristales de los espejuelos, puede salvarte
de la desesperación. Solo lo miras hacer rayones en el cielo y te sientes
feliz, porque te recuerda que todo no está programado, cronometrado, ajustado
en planes en quinquenales y recomendaciones de los nutriólogos y oficiales de
tránsito.
Debe ser triste habitar un lugar donde no existe la
adrenalina de que mientras caminas distraído por la calle, quizás intentes
recordar cuándo aprendiste a abrocharte los cordones o a qué sabe la cola, un
perro saque el hocico por los entresijos de una reja e intente morderte los
bajos de los pantalones y tú saltes hacia la calle. Esos pequeños momentos que
nos indican que no estamos muertos del todo, que nos queda todavía, por lo
menos, ese instinto de supervivencia animal.
Todos los reinos necesitan un señor y si la noche es un
reino, entonces los gatos son su rey. Desde los techos, las azoteas, las
barbacoas, los muros, sus ojos como destellos (fosforescentes, dorados,
violáceos) miran la nocturnidad transcurrir. Vigilan, juzgan, reclaman desde la
altura. Son juez y parte de tus andanzas, y cuando tus planes se hacen añicos
maúllan de felicidad, porque son las criaturas más nihilistas en el Patio de
Dios. Una noche citadina sin gatos no es una noche citadina, solo una parodia
de una noche citadina.
Matanzas tiene sus buchones, sus perros al acecho y su
corte de gatos como Indianápolis o Bogotá; mas, también por ella rondan otros
animales que en la psiquis social, en el imaginario colectivo han transfigurado
la carne-carne por la carne-leyenda. Criaturas que te permiten empezar un tema
de conversación, que te regalan historias para contar en sobremesas, bares y
colas para comprar detergente.
El
manatí
Una noche sentado en el muro de Narváez, le comenté a
unos amigos de fuera de la ciudad que de vez en cuando en el San Juan entraba un manatí. Ellos asombrados
se dedicaron a escrudiñar las porciones del río a la vista para buscarlo. Cada
vez que observaban una mancha sospechosa me decían que eso era el manatí y yo
que no, que en esas aguas esa silueta lo mismo podía ser un Grim 218 que
alguien había lanzado a las profundidades que un banco de nerviosos peces.

El manatí es un presagio de buena suerte, no lo
encuentras así como así. No se le puede llamar con el pensamiento, no se le
puede invocar. Es otro capricho de la naturaleza como las lunas rojas o los
días cuando llueve con el sol afuera. Sin embargo, ahí radica su encanto: en la
atemporalidad, en no saber cuándo aparecerá. Atraviesas el puente de Tirry y
observas que la gente contempla de codos en la baranda una sombra en el río.
Unos solo esperan que saque la cabeza o la cola, para comprobar que no es solo
eso, una sombra, sino algo real, tangible, apapachable con esa fisionomía de
matrona fofa; otros, sacan fotos que después le enseñarán a sus amantes,
familias o conocidos.
Quizás en ese entonces debí explicarle eso a mis amigos,
pero al final me pregunto, “para qué”. Era mejor dejarlos así, a la pesca de la
maravilla. Los seres con la carne- leyenda poseen ese encanto: el de poder
salvarte en noches de asueto.
Las
clarias de Tirry
En Tirry si los monárquicos gatos dominan las alturas
nocturnas, los pecesgatos reinan en lo subterráneo. En las aceras existen
boquetes que dejan al descubierto los canales de los aguas albañales. Cuando
uno se asoma a alguno de ellos no resulta raro encontrarse a una claria que
nada con movimiento bamboleante contra la corriente.
Algunos niños, de los que llaman mataperros, los que aman
el churre y la libertad de ser niños, se dedican a su pesca. A veces descubres
un grupo de tres o cuatro que rodean el
agujero. Uno de ellos sostiene un hilo de pescar y un anzuelo (si no tienen aparejos
profesionales, basta con un cordel y un alambre) en espera que el pez muerda la
carnada de pan o de mapos que buscaron en alguna charca cercana.
Los notas concentrados como si esa fuera la única manera
de que se estén quietos y no anden por ahí en tiroteos imaginarios o en
refriegas medievales donde una escoba es un mandoble. Ellos inauguraron una
nueva modalidad de pesca: la pesca en cemento, porque que tal vez las calles no
son más que eso: un mar de cemento en calma chicha. Cuando los atrapan es probable
que los liberen en la alcantarilla de
nuevo, porque no tienen nada que hacer con un pezgato entre manos. El placer
está en el proceso de captura, no en la presa.
Las clarias dominarán los reinos subterráneos de esta
avenida de poetas quizás como un recordatorio que la vida fluye por todos los
planos de la realidad.
Los
totíes del Parque de la Libertad
En 1963 se estrena el largometraje The Bird del director norteamericano Alfred
Hitchcock. En ella los pájaros del poblado Bodega Bay, cercano a bahía de San Francisco, comienzan a
enloquecer y apoderarse de la ciudad. Si el apodado rey del suspenso visitara
el Parque de la Libertad en la noche, se encontraría una escena más
hitchcockiana que cualquiera grotesca creación de su hiperactiva y siniestra
imaginación.
A partir de las seis o siete de la tarde nubes negras
comienzan a aparecer por encima de las fachadas de los edificios que rodean la
céntrica plaza. Poco a poco, toman su lugar las aves en las ramas de los
árboles como si estos, por un milagro, florecieran solo en la noche y cuando
llegara el amanecer quedaran desnudos de nuevo; en un ciclo infinito.
Los totíes que no son totíes, pero que todos llaman así,
brillan de lo tan oscuro de su plumaje por encima de las cabezas; sin embargo,
como si quisieran crear un contraste, con su excremento salpican las losas
debajo. Aquel que pasee por esas áreas marcadas por ellos, corren el peligro de
ver ensuciada su ropa que si vas vestido
de blanco la mancha son negras, y si vas de negro entonces, blanca. Cuando
llueve un aroma peculiar se apodera del lugar. Una amiga describió este olor de la manera más exacta
posible: “huele a pollero mojado”.
Sus graznidos que en un primer momento poseen el tono y
el ritmo necesario para inducir la locura, con la costumbre se vuelven ruidos
vitales, un sonido que rompe la nulidad sónica de una ciudad que se va a dormir
con los créditos de la telenovela brasileña. En algún momento talaron gran
parte de los árboles del parque y ellos se quedaron sin perchas donde descansar
y emigraron a sitios cercanos: los alrededores de la catedral, la ceiba del
Parque de la Rueda e, incluso, la Plaza de la Vigía. Entonces sí pareció que
deseaban apoderarse de la ciudad, tapar la luz de Matanzas al abrir sus alas, como
en la película de Hitchcock.
La
lechuza
Siempre que haya oscuridad, debe existir la luz como
contraste. Si la primera son los totíes que cuando abren sus alas parecen que
se tragaran la ciudad, el rol de la segunda le corresponde a las lechuzas.
Cuando uno hace estancia en los bancos del parque, no
resulta extraño percibir de repente que un rayón blanco, como si fuera un haz
de luna, cruza el cielo. En picada cae sobre la copa de los árboles y escinde
la oscuridad de las aves que se acicalan sobre las ramas.
Los totíes vuelan despavoridas lejos del cazador
luminiscente que rara vez no se lleva una víctima entre sus garras, como si fuera
un trozo emplumado de noche. Algún nerd
que ande por los alrededores podría decir, ilusionado, que es Hedwing, la mascota
de Harry Potter, que cambió los grises cielos ingleses por el cubano, más
límpidos. Los otros transeúntes solo se quedarán deslumbrado ante el caos que
revolverá sus monotemáticas rutinas. Quizás los más metafóricos piensen que es
un augurio de que incluso, en la noche más cerrada siempre habrá, aunque sea,
un rayo de esperanza.
Una madrugada encontré el cadáver de una lechuza en uno
de los senderos de del parque de la catedral. Pensé que esa era una señal de
que se acercaban épocas difíciles. El cerebro a veces trabaja con esas
asociaciones ilógicas, pero que toma como verdades inapelables. Durante par de
día andé cabizbajo, con la mirada cosida en la punta de los tenis, hasta que
una noche volví a ver el rayón blanco que caía en picada. Parece que nunca hubo
una sola de ellas, sino varias que se turnaban para cazar. Entonces entendí que
la luz no muere, sino que se multiplica.