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domingo, 20 de junio de 2021

Mil usos del papel periódico (Resumen)

 


 Para que los pomos con refresco de polvito Toki de los niños no se calienten antes de la hora de receso. Para limpiar de las vidrieras las huellas de las palmas de aquellos que se apoyan en ellas con el objetivo de detallar los maniquíes con vestidos de bodas. Para crear un estado de opinión acerca de los precios de la entrada a las funciones de Las Sílfides.

Para que la sangre condensada que se resbala por las javas de nylon, que no son más que bolsas de leche rasgadas por uno de los bordes donde se guarda la carne de la casilla, no te manche las manos. Para no pincharte con los ramos de rosas y en vez de ensuciarte con la sangre ajena de pollos criados en granja, no te manches con la tuya propia y no tengas que chuparte el dedo y degustes tu propio sabor a plomo. Para criticar al último bateador, del último inning, del último juego que se poncha.

Para protegerte de lloviznas, donde sobre el papel cae la lluvia y sobre ti tinta que se desliza por tu cuerpo y, entonces, te imprime en tu frente que la cooperativa más cual cumple su plan de hectáreas salvadas de marabú; en tu abdomen, el comentario del último asentamiento israelí en la frontera palestina; en tus muslos el resurgimiento como abuela cariñosa de aquella bailarina de cabaret que se alimenta de las fotos en sepia de cuando en su espalda colgaba un abanico gigante de plumas de pavo real; en tu espalda, la historia de un grupo de supremacistas blancos en Texas que salen a las calles armados con M16; en tus brazos, el testimonio del último grupo de jóvenes que entran a la zona roja.

Para que tu pantalón aguaclaras no se ensucie al sentarse en los quicios polvorientos de las aceras. Para cuando se pierden los papeles de colores confeccionar las cadenetas que se enganchan desde una lámpara hasta el mural de la emulación de un Centro Pesquero. Para tapiar las ventanas de los carros que se chapistean y, entonces, si entras en el vehículo, te encontrarás dentro de una máquina del tiempo; no importa hacia donde desvíes la vista porque hallas explosiones de coches bombas de hace diez años, campañas de vacunación,  de hace de tres; asambleas de rendición de cuentas, de hace veinte: el tiempo te rodea, te atrapa, te extravía.

Para confeccionar piñatas de Papier Mache con la efigie de un Spider Man bizarro y deforme o un Rayo McQueen con carrocería de Moskvitch. Para envolver intimas que con discreción y aspaviento se ocultan en el fondo de los cubos de basura del baño. Para contestar las quejas de todos los salideros de todo el mundo, de todos los mundos, este y los paralelos. Para que las losas del piso no se te embarren cuando te aburriste del color salmón de las paredes de tu cuarto.

Para cuando te percatas que desenrollaste el último tramo de papel sanitario. Para rellenar los zapatos que te quedan dos números más grandes. Para completar las copas de los ajustadores. Para aburrirte. Para no aburrirte. Para cuando te sientas solo. Para cuando no te sientas solo. Para buscarle las erratas. Para pasarle por encima con la vista. Para guardarlo como recuerdo. Para leerlo. Para botarlo sin leerlo. Para…

lunes, 1 de marzo de 2021

Animales fantásticos matanceros y dónde encontrarlos

 

 

Los animales le otorgan a las ciudades cierta energía cinética (vida = movimiento). Cuando caminas de la casa al trabajo y te pones a saltar de raya a raya sobre las baldosas de las aceras, porque crees que si no lo haces el muermo apagará el switch de tu cerebro y te dejará en modo catatónico off, un buchón que vuele por encima tuyo, como una mota de polvo en los cristales de los espejuelos, puede salvarte de la desesperación. Solo lo miras hacer rayones en el cielo y te sientes feliz, porque te recuerda que todo no está programado, cronometrado, ajustado en planes en quinquenales y recomendaciones de los nutriólogos y oficiales de tránsito.

Debe ser triste habitar un lugar donde no existe la adrenalina de que mientras caminas distraído por la calle, quizás intentes recordar cuándo aprendiste a abrocharte los cordones o a qué sabe la cola, un perro saque el hocico por los entresijos de una reja e intente morderte los bajos de los pantalones y tú saltes hacia la calle. Esos pequeños momentos que nos indican que no estamos muertos del todo, que nos queda todavía, por lo menos, ese instinto de supervivencia animal.

Todos los reinos necesitan un señor y si la noche es un reino, entonces los gatos son su rey. Desde los techos, las azoteas, las barbacoas, los muros, sus ojos como destellos (fosforescentes, dorados, violáceos) miran la nocturnidad transcurrir. Vigilan, juzgan, reclaman desde la altura. Son juez y parte de tus andanzas, y cuando tus planes se hacen añicos maúllan de felicidad, porque son las criaturas más nihilistas en el Patio de Dios. Una noche citadina sin gatos no es una noche citadina, solo una parodia de una noche citadina.

Matanzas tiene sus buchones, sus perros al acecho y su corte de gatos como Indianápolis o Bogotá; mas, también por ella rondan otros animales que en la psiquis social, en el imaginario colectivo han transfigurado la carne-carne por la carne-leyenda. Criaturas que te permiten empezar un tema de conversación, que te regalan historias para contar en sobremesas, bares y colas para comprar detergente.

El manatí

Una noche sentado en el muro de Narváez, le comenté a unos amigos de fuera de la ciudad que de vez en cuando en el  San Juan entraba un manatí. Ellos asombrados se dedicaron a escrudiñar las porciones del río a la vista para buscarlo. Cada vez que observaban una mancha sospechosa me decían que eso era el manatí y yo que no, que en esas aguas esa silueta lo mismo podía ser un Grim 218 que alguien había lanzado a las profundidades que un banco de nerviosos peces. 

  

El manatí es un presagio de buena suerte, no lo encuentras así como así. No se le puede llamar con el pensamiento, no se le puede invocar. Es otro capricho de la naturaleza como las lunas rojas o los días cuando llueve con el sol afuera. Sin embargo, ahí radica su encanto: en la atemporalidad, en no saber cuándo aparecerá. Atraviesas el puente de Tirry y observas que la gente contempla de codos en la baranda una sombra en el río. Unos solo esperan que saque la cabeza o la cola, para comprobar que no es solo eso, una sombra, sino algo real, tangible, apapachable con esa fisionomía de matrona fofa; otros, sacan fotos que después le enseñarán a sus amantes, familias o conocidos.  

Quizás en ese entonces debí explicarle eso a mis amigos, pero al final me pregunto, “para qué”. Era mejor dejarlos así, a la pesca de la maravilla. Los seres con la carne- leyenda poseen ese encanto: el de poder salvarte en noches de asueto.

Las clarias de Tirry

En Tirry si los monárquicos gatos dominan las alturas nocturnas, los pecesgatos reinan en lo subterráneo. En las aceras existen boquetes que dejan al descubierto los canales de los aguas albañales. Cuando uno se asoma a alguno de ellos no resulta raro encontrarse a una claria que nada con movimiento bamboleante contra la corriente.

Algunos niños, de los que llaman mataperros, los que aman el churre y la libertad de ser niños, se dedican a su pesca. A veces descubres un  grupo de tres o cuatro que rodean el agujero. Uno de ellos sostiene un hilo de pescar y un anzuelo (si no tienen aparejos profesionales, basta con un cordel y un alambre) en espera que el pez muerda la carnada de pan o de mapos que buscaron en alguna charca cercana.

Los notas concentrados como si esa fuera la única manera de que se estén quietos y no anden por ahí en tiroteos imaginarios o en refriegas medievales donde una escoba es un mandoble. Ellos inauguraron una nueva modalidad de pesca: la pesca en cemento, porque que tal vez las calles no son más que eso: un mar de cemento en calma chicha. Cuando los atrapan es probable que los  liberen en la alcantarilla de nuevo, porque no tienen nada que hacer con un pezgato entre manos. El placer está en el proceso de captura, no en la presa.

Las clarias dominarán los reinos subterráneos de esta avenida de poetas quizás como un recordatorio que la vida fluye por todos los planos de la realidad.

Los totíes del Parque de la Libertad   

En 1963 se estrena el largometraje The Bird del director norteamericano Alfred Hitchcock. En ella los pájaros del poblado Bodega Bay,  cercano a bahía de San Francisco, comienzan a enloquecer y apoderarse de la ciudad. Si el apodado rey del suspenso visitara el Parque de la Libertad en la noche, se encontraría una escena más hitchcockiana que cualquiera grotesca creación de su hiperactiva y siniestra imaginación.

A partir de las seis o siete de la tarde nubes negras comienzan a aparecer por encima de las fachadas de los edificios que rodean la céntrica plaza. Poco a poco, toman su lugar las aves en las ramas de los árboles como si estos, por un milagro, florecieran solo en la noche y cuando llegara el amanecer quedaran desnudos de nuevo; en un ciclo infinito.

Los totíes que no son totíes, pero que todos llaman así, brillan de lo tan oscuro de su plumaje por encima de las cabezas; sin embargo, como si quisieran crear un contraste, con su excremento salpican las losas debajo. Aquel que pasee por esas áreas marcadas por ellos, corren el peligro de ver ensuciada su ropa que  si vas vestido de blanco la mancha son negras, y si vas de negro entonces, blanca. Cuando llueve un aroma peculiar se apodera del lugar. Una amiga  describió este olor de la manera más exacta posible: “huele a pollero mojado”.

Sus graznidos que en un primer momento poseen el tono y el ritmo necesario para inducir la locura, con la costumbre se vuelven ruidos vitales, un sonido que rompe la nulidad sónica de una ciudad que se va a dormir con los créditos de la telenovela brasileña. En algún momento talaron gran parte de los árboles del parque y ellos se quedaron sin perchas donde descansar y emigraron a sitios cercanos: los alrededores de la catedral, la ceiba del Parque de la Rueda e, incluso, la Plaza de la Vigía. Entonces sí pareció que deseaban apoderarse de la ciudad, tapar la luz de Matanzas al abrir sus alas, como en la película de Hitchcock.

La lechuza

Siempre que haya oscuridad, debe existir la luz como contraste. Si la primera son los totíes que cuando abren sus alas parecen que se tragaran la ciudad, el rol de la segunda le corresponde a las lechuzas.

Cuando uno hace estancia en los bancos del parque, no resulta extraño percibir de repente que un rayón blanco, como si fuera un haz de luna, cruza el cielo. En picada cae sobre la copa de los árboles y escinde la oscuridad de las aves que se acicalan sobre las ramas.

Los totíes vuelan despavoridas lejos del cazador luminiscente que rara vez no se lleva una víctima entre sus garras, como si fuera un trozo emplumado de noche. Algún nerd que ande por los alrededores podría decir, ilusionado, que es Hedwing, la mascota de Harry Potter, que cambió los grises cielos ingleses por el cubano, más límpidos. Los otros transeúntes solo se quedarán deslumbrado ante el caos que revolverá sus monotemáticas rutinas. Quizás los más metafóricos piensen que es un augurio de que incluso, en la noche más cerrada siempre habrá, aunque sea, un rayo de esperanza.

Una madrugada encontré el cadáver de una lechuza en uno de los senderos de del parque de la catedral. Pensé que esa era una señal de que se acercaban épocas difíciles. El cerebro a veces trabaja con esas asociaciones ilógicas, pero que toma como verdades inapelables. Durante par de día andé cabizbajo, con la mirada cosida en la punta de los tenis, hasta que una noche volví a ver el rayón blanco que caía en picada. Parece que nunca hubo una sola de ellas, sino varias que se turnaban para cazar. Entonces entendí que la luz no muere, sino que se multiplica. 

lunes, 22 de junio de 2020

El último limpiabotas de la ciudad de Matanzas





Por su derecha se aproximan unos tenis azules; por su izquierda, unas sandalias de mujer con el tacón grueso. No le sirven ninguno de los dos.

Mueve un poco más la mirada a ras del suelo y nota unos “puntifinos” negros, con la suela tan gorda como los neumáticos de un camión. El posible cliente a grandes pasos se dirige a uno de los ómnibus abarrotados. La desilusión no lo abate; de todas maneras, se dice, cuántos pares de zapatos no transitan por una parada.          

- Ahora lo que más se usa son las zapatilla, sobre todo la juventud, y hasta nosotros las personas mayores andamos en chancleta por donde quiera.- comenta Argelio Santos Rodríguez – Los zapatos que se fabrican en la actualidad son de piel sintética que te los pones y enseguida se despellejan.  

Este señor de 76 años se proclama como el único limpiabotas de la ciudad de Matanzas.

- ¿En verdad es el único?

- Como dice el dicho: yo soy el último de los mohicanos. En el parquecito al frente de la terminal de ómnibus, hay uno que se dedica a esta actividad,- defiende con elocuencia su título- pero él trabaja 8 o 10 días, acumula algún dinero y se va para Holguín a ver a la familia.

Su puesto se ubica en un costado del parque de la Catedral de la ciudad cabecera, en las cercanías de una parada de ómnibus casi siempre abarrotada. Consta de dos sillas: una alta, invento criollo de cabillas soldadas, para el cliente y una más baja para él. En el piso, al alcance de la mano están los enceres: el betún, el cepillo y la tinta.

- ¿Usted carga esa silla tan pesada desde su casa hasta aquí?

- No. Yo la guardo cerca, en casa de unas amistades mías y a las siete de la mañana o antes la recojo y vengo para acá, hasta, aproximadamente, las 11 y media; si me demoro más es porque tengo a alguien esperando.

- ¿Cómo y cuándo comenzó en este oficio?

- En el año 2009. Un amigo mío era el que limpiaba antes aquí. Yo, cuando descansaba de mi trabajo en el puesto de mando de la Rayonitro, venía mucho a conversar con él. Después de mi jubilación, a partir del 2010 o 2012, no me acuerdo bien, él decide retirarse. Habló conmigo por si yo quería limpiar zapatos. Yo dije que sí. En definitiva eran unos kilos que me iba a buscar y así mejoraba económicamente. Comencé los trámites y saqué los papeles.

- ¿Alguna vez había hecho esto antes?

- Cuando muchacho, a los 10 o 12 años, en un salón, pero solo estuve 15 o 20 días. Los precios de aquella época son muy diferentes a los de hoy: limpiar un par de zapatos costaba 10 kilos; las botas más altas, 20; los zapatos de dos tonos, un peso y pico.

La circularidad de la vida resulta sobrecogedora. Quizás Argelio, además de por las finanzas, regresó a este oficio para girar con saña las manecillas del reloj hasta llegar a la adolescencia.

- Entonces, ¿Cuál es tu tarifa?

- 5 pesos. Atiendo diez o doce personas y gano 40 o 50 y con eso voy tirando.  Yo tengo problemas familiares con mi mujer. Ella está con el mal de Alzheimer. Mi hijo me ayuda; pero tengo que dedicarle mucho tiempo y dinero. Solo en medicinas para ella tengo que gastar 60 pesos y para mí, veinte y pico, porque soy hipertenso.

Los limpiabotas se asemejan a las vasijas de barro, sin dibujos de dioses, sin incrustaciones de joyas, halladas en las excavaciones arqueológicas. En un pasado solo las emplearon las personas de bajos ingresos, pero en la actualidad poseen un halo de exotismo, de tradición y hasta de identidad. Si tienen dudas pregúntenle a Argelio, el último de su clase en la Atenas de Cuba.