Mostrando entradas con la etiqueta #Cronica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #Cronica. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de junio de 2021

Una doctora en la ribera del río

 



 

La mañana de la vacunación sobra la butaca hay dos vestidos: uno rojo y otro amarillo. Mi mamá no puede decidirse cuál de los dos usará. Primero elige el rojo “da buena suerte” me dice “¿Por Santa Bárbara?”, le pregunto aún medio dormido. “Entonces el otro mejor. La Caridad que es mi virgen”.

Mi mamá trabaja de médico de familia desde el principio de los 90 en un consultorio a dos cuadras del río San Juan. Sus pacientes han construido segundas, terceras plantas, se han casado, se han divorciado, han permutado de barrio o de país y mi vieja se me pone vieja detrás de su buró.  Muchachos a quien ella les hizo la captación de embarazo a las madres ahora vienen a pedir un chequeo médico para sacar la licencia de conducción. 

Encima del vestido se coloca la bata que tiene ese olor cálido, como a pan recién horneado, de que se planchó hace poco. Lleva puestos dos espejuelos, el de ver de cerca y el de lejos, uno en el puente de la nariz y el otro en el cabello como cintillo. En ocasiones la he visto intercambiarlos de sitios según lo que tenga que hacer. Incluso, a veces, se coloca uno encima del otro, como bifocales, y sus ojos se notan como algo lejano, como cuando buscamos un guijarro en el césped al usar de catalejo una botella vacía.

Después viene la transformación en cosmonauta: ponerse los dos nasobucos y la máscara antisalpicaduras. “Hay que protegerse. No se sabe quién pueda tener el virus y ayer hubo doce (diez, ocho, tres) fallecidos” recita ella con ese fatalismo que le resulta tan propio a las madres. Agarra su maletín negro tan abultado que parece que en cualquier momento explotará en una metralla de certificados médicos, recetas, hojas de cargo e historias clínicas rellenadas con su letra que parece escritura cuneiforme de algún pueblo que nació a las orillas de un río sagrado hace miles de años.

Siempre vivir encima en el segundo piso de un consultorio ha sido una experiencia curiosa. Como mi casa y el puesto médico comparten el mismo número de teléfono a veces algunos pacientes llaman y cuando les digo que mi mamá salió, ellos se hacen los suecos y empiezan a explicarme que tienen tal o más cual síntoma para que yo les diagnostique “Disculpe no soy doctor”, tengo que pararlos. Casi siempre cuando niños nos identifican como "Juanito, el hijo del albañil" o "Noelito, el hijo del ingeniero". Yo siempre he sido "el hijo de la doctora". Solo después que me busqué mi propia profesión, pude librarme a medias de ese mote.

Desde hace semanas ella arregla el consultorio con ese perfeccionismo por el orden y la limpieza que a veces me hace sospechar de un posible Trastorno Obsesivo Compulsivo leve ( aunque creo que todos los hijos tienen pensamientos parecidos con respecto a sus madres): buscó banderas de Cuba, me hizo podar los arbustos de flores de papel, de tanto haragán pulió las lozas del suelo, reacomodó las habitaciones para volverlas una sala de espera para quienes vayan a recibir Abdala, un área de observacion por si tienen una reacción adversa y otra para colocar la inyección.

Está a punto de comenzar la intervención sanitaria. En la sala de espera mi mamá le explica a un grupo de pacientes (más que eso son sus amigos, sus compinches, sus cómplices) que si tienen la presión alta no podrán inyectarse y que luego deben estar una hora en observacion. Ella agrava la voz para darle a sus palabras la seriedad que el momento solicta y yo que tomo fotos sonrio desde una esquina. Su tono de voz es más suave, como cuando malcria a la decenas de mascotas abandonadas que ha llevado para la casa antes que ni siquiera se pensara en una Ley de Bienestar Animal o como cuando le dice a un niño que abra la boca bien grande para comprobar si tiene placas en la garganta.

Vienen tiempos ajetreados para ella por todo el esfuerzo que significa a la  intervención sanitaria, pero sé que los superará con la misma voluntad con que logró criar a un hijo que nació en el momento más crítico del periodo especial, con que ha soportado el dolor de todos sus pacientes.  Mi mamá le pide fuerza y abundancia a la Virgen de la Caridad y yo le pido fuerza y abundancia a mi madre.



miércoles, 7 de abril de 2021

Historias de la tripanofobia ( miedo a las inyecciones)

 

 
La tripanofobia es el miedo irracional a las agujas e inyecciones. En estos momentos en que que el país entero cabe en un jeringuilla, las historias de los tripanofóbicos se multiplican de un lugar a otros: esos que hay que darle terapia para que permitan que los inyecten o aguantarlos para que no tiemblen como una gelatina ante la visión de la aguja. A través de mi historia he conocido personas que palidecen al solo mencionar la palabra vacuna.
 
Vivo en un biplantas. En la primera hay un consultorio médico y en la segunda mi casa. No resulta extraño que a media mañana escuche por las ventanas el grito de un niño asustado ante la visión de la jeringuilla y a una madre que lo consuela al decirle que no duele, que es como una picada de mosquito, para que la enfermera pueda vacunarlo.
 
Incluso, algunas veces, cuando bajo a alcanzarle algún fajo de recetas o un legajo de historias clínicas a mi mamá, la doctora del consultorio, observo a adultos que tiemblan cual gelatina cuando sienten el frío algodón en el brazo como prólogo del pinchazo.
 
A cada rato en la escuela primaria nos anunciaban que vendrían unas señoras para inyectarnos. En dichos momentos de tensión, todos se miraban a los ojos en búsqueda de una señal de miedo en los otros. Si la hallaban, resultaba inevitable la burla, el “chucho”, como una manera de ocultar el temor propio.
 
Cuando nos pedían que formáramos una fila para comenzar el proceso, todas las miradas estaban fijas en la mueca de quien le tocara el turno. Era una prueba de valor. Recuerdo que cuando vacunaron a uno de mi aula, alguien le preguntó si le había dolido.
 
En vez de contestar, hizo el gesto universal para demostrar fortaleza: subió los brazos y los dobló. Había olvidado lo reciente del pinchazo y del hueco de la herida salió un chorro de sangre que le manchó la manga de la camisa.
 
Otros sí padecían verdaderos ataques de pánico. Desde que por la puerta del aula entraban las enfermeras, se ponían del mismo color blanco almidonado de sus uniformes. Entonces se comían las uñas, masticaban las punta de la pañoleta, la goma de los lápices.
 
Cuando el personal médico colocaba el instrumental encima de una mesa, se levantaban del asiento, se pegaban a la salida de la habitación para tener una ruta de escape lo más próxima posible.
 
A algunos cada vez que le acercaban la jeringuilla retrocedían, como un juego de los “agarraos”. Me contaron, porque dicha reacción nunca la atestigüé, que existieron quienes huyeron despavoridos y no pararon de correr hasta estar a varias cuadras de la escuela.
 
Muchos llevamos la marca de las vacunas. Hondonadas, rasgaduras, agujeros en la piel, casi imperceptibles para quienes no seamos nosotros mismos; pero están ahí, al igual que las cicatrices de cuando aprendes a montar bicicleta o a trepar muros o matas de mango. No obstante, sí las segundas son solo recuerdos personales, indicios de historias individuales; las primeras, son colectivas, una marca país, una marca mundo.
 
Dentro de poco una nueva se incorporará a las antiguas y nos regalará un relato para que, cuando miremos hacia atrás, concibamos del período pandémico solo como otra historia más que contar. La tripanofobia no puede deternernos.