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lunes, 31 de agosto de 2020

Cuando me propusieron dirigir Industriales


Hace unos días recibí una llamada de un funcionario del Inder que me comunicaba que debía moverme hacia La Habana porque se me había designado como nuevo manager del equipo de Industriales. Recuerdo que me quedé en blanco, un blanco puro, la ausencia de cualquier pensamiento. Balbucee. Me nació un discurso de peces, sonido de burbujas al romperse.

– ¿Usted no es Guillermo Carmona? –   me preguntaron cuando se alargó mi silencio

– Sí – respondí dubitativo

– Entonces es usted – afirmó la voz al otro lado de la línea

Cuando pequeño jugué mucho a la pelota; incluso, mi papá con la idea de criar al niño que nunca fui, el muchacho atlético, me apuntó en unas clases. Recuerdo que el entrenador decía que tenía fuerzas como bateador, pero que era muy lento para correr las bases. Siempre me cogían out en primera.

– Señor, pero hable. Mire hace falta empezar la preparación física ya y el acto de abanderamiento del equipo es en par de día…  

Con los amigos del barrio, jugaba al taquito. Usábamos como bate un palo de escoba, una persiana, una cabilla y la pelota podía ser una piedra envuelta en una media, rodajas de mangueras, pomos de Enalapril robados del botiquín de la abuela, cualquier objeto nos funcionaba mientras poseyera las dimensiones correctas.

En la escuela siempre aparecía una pelota de tenis con ese color verde marihuana y armábamos un “cuatro esquinas” o “una manito”. Recuerdo que resultaba preferible que la bola se te escapara a que te hiciera una “chocha”, es decir, que te rebotara entre el arco de las piernas por el “chucho”. Los niños pueden llegar a ser muy crueles.  

– Oiga… tiene que darle el visto bueno a las nóminas. Revisar el staff de pitcheo, armar la alineación de bateo y…  

En noveno grado una tarde jugábamos al “duro” cuando el sol me encandiló la vista y no pude calcular la trayectoria de una línea que me golpeó en el pómulo derecho. El cardenal en el ojo me duró por lo menos un mes. Ante la vergüenza por mi desliz aritmético y deportivo andaba con una gorra con la visera bajada hasta la nariz y un par de gafas de aviador y, si alguien me preguntaba qué me sucedió en el rostro, respondía que “me fajé en una fiesta por una chiquita ahí”. Los tipos duros no reciben pelotazos o, por lo menos, en ese tiempo pensaba así.   

En la actualidad cada vez que empieza el simulacro de invierno cubano, la mejilla derecha se me enrojece y, entonces, pienso que soy como los veteranos de guerras, que cuando los vientos gélidos soplan, las cicatrices comienzan a dolerle. Desde entonces nunca más he agarrado un bate en mis manos.

– Pero hablé, señor. A ver…coménteme cuál es su estrategia para la temporada. Este año tenemos que llevarnos el campeonato. Hay indicaciones… de usted sabe, arriba…

Nunca me he considerado un amante de los deportes; siempre preferí el olor de polillas de mis libros que el del cuero sudado de las pelotas. En el televisor cada vez que hago “sapping” y transmiten un partido de béisbol, no logro aguantar más de un inning antes de cambiar para otro canal. Si  me sincero diré que me aburre con facilidad. Sin embargo, me encanta oír a los demás hablar, discutir, vivir cada juego: ancianos que se emocionan tanto que en cualquier momento caerán fulminados por un infarto, por un aneurisma, por un subidón de presión; jóvenes con la cara colorá y la voz ronca y con una norma del habla que enrojecería a los estibadores del puerto.

Y es increíblemente hermoso, porque la gente expone lo más primigenio de sí mismos y, por unos segundos, se muestran perfectamente humanos. De vez en cuando, me siento en los bancos de los parques a observar peñas improvisadas, donde todos piensan que saben más que los DT, que los periodistas, que los expertos, y allí me alimento, por llamarlo de alguna manera, de ese influjo vital que me alegra el día.     

– El último entrenador nos dejó un desastre hecho esto aquí. Hay que levantar, sea como sea…

Cuando Matanzas ganó el último campeonato, pensé en mi papá, de quien heredé nombre y apellido, que me llevó a mis primeros partidos en el estadio, cuando el equipo no salía del congelador y los únicos que visitaban el Victoria de Girón eran los verdaderos creyentes. En sus últimos años de vida, cada vez que le preguntaba por la “pelota”, me comentaba decepcionado que ya no valía la pena. Hasta a los más creyentes la fe se les resquebraja.

– ¿Carmona, está ahí? Llevo como una hora hablando y no dices nada…  

Algunos parafrasean la cita de Marx de que “la religión es el opio de los pueblos” y dicen que en la modernidad “el deporte es el opio de los pueblos”; sin embargo, para mi funciona como catalizador de emociones, como engrasante social, como un generador de identidades, creo que Galeano escribió que uno puede cambiar de mujer, de partido político, pero nunca de equipo de fútbol (o de pelota, por lo menos en Cuba, agregaría yo).

– Oiga, oiga, por Dios diga algo – el tono del funcionario era ya apremiante.  

– Mire, señor, yo soy periodista; no entrenador de pelota y le doy a Matanzas, no a Industriales; no podría hacerle eso a mi papá. Creo que se equivocó de persona – luego colgué.

PD: Este texto, a la mitad entre la crónica de remembranza y la sátira, lo causó que el nuevo entrenador del equipo de Industriales lleva mi nombre y apellido, Guillermo Carmona. Creo que resultó un buen pretexto para hablar un poco sobre mi relación con el béisbol. La situación con el funcionario del Inder es ficticia; pero de los recuerdos doy fe.


         

 

   

  

 

viernes, 14 de agosto de 2020

Habanatanceros

  

 

Somos la croqueta de Cuba, croqueta de ditú, entre pan y pan Matanzas, entre La Habana y Varadero, Matanzas.  Somos una ciudad de paso. Somos una ciudad borrosa y empañada en las ventanillas de Transtur y Transmetro. Somos el tráiler de una ciudad, cinco minutos de azul mar y gris concreto antes que comience la película. Somos una urbe que se sirve de aperitivo. 

Demasiadas veces cuando le preguntas a algún foráneo nacional si ha visitado Matanzas “Te dice que de paso a Varadero”. Esta condición de fugacidad, esta falta de permanencia en la memoria ajena también afecta a los habitantes de la ciudad, porque poco a poco también te vuelve un ser en espera de la huida.

Así encontramos a quienes viven una doble ciudadanía, que tienen una dualidad de gentilicios, matanceros y habaneros, los habanatanceros, gente que la vida se le va en camiones de 50 pesos  y guaguas de 20, si ese día tienes una suerte que espanta a los gatos negros.

La cercanía de La Habana es un arma de doble filo – acerca de Varadero ya hablaré en otra ocasión -, porque permite estar a dos horas de las principales instituciones y acontecimientos de país; sin embargo, la sombra de El Capitolio es larga y totalizadora.

Muchos estudiantes, por ejemplo, cursan carreras en la Universidad de La Habana, pero antes de regresar al sótano que representa su génesis al graduarse, prefieren quedarse en la Capital, porque allí existen más oportunidades profesionales, más posibilidades de superación tanto económicas como personales.

En la cultura, por otra parte, la proximidad hace que sea más fácil a los artistas moverse hacia la tierra cuadriculada por puentes y ríos al poder ir y venir en un mismo día, por ello y, sobre todo, en estos últimos tiempos, los anteriores a la pandemia aclaro, resultaba habitual encontrar artistas de renombre nacional cada fin de semana en una plaza, un bar o por las calles, como otro transeúnte cualquiera.

Sin embargo, los artistas yumurinos también se hallan a un salto de fe de la salida del túnel y muchos deciden probar suerte allá para escapar de la fama local, abandonan el barco, porque solo los capitanes desfasados se hunden con su nave; aunque luego en sus canciones o cuadros o libros siempre hay un trasfondo nostálgico hacía el anfiteatro geográfico donde los edificios son las gradas y la bahía, el escenario, que constituye Matanzas.

En la Biblia dicen que después que Caín mató a Abel a este lo marcaron de por vida como un apostata. Muchos son los que llevan la marca de Caín, la idea del desarraigo, la culpa del traidor geográfico, y se nota en un amor desmedido por la ciudad desde la lejanía en post de Facebook, en escritos, en conversaciones a voz quebrada; a otros no les importa y ya.

La emigración resulta una realidad que no solo se circunscribe a una escala internacional, sino que si le hacemos zoom al mapa veremos que a lo interno de los países también sucede.   

            

lunes, 15 de junio de 2020

Vale la pena luchar, dice Comprendo




Esa tarde de lunes me rifé una cobertura sorpresa: la inauguración de la muestra fotográfica El reino de este mundo. Antes que abrieran las puertas de la galería entrevisté a Julio Cesar García, el artista. Este me comentó que sus obras mostraban a ancianos que no se resignaban al sillón de su casa, sino que aún buscaban vida, aunque la vida ya no les sobrara, en la calle: vendedores de pan, recogedores de latas, meroliqueros.

De pronto Julio me pide un receso y saluda a un recién llegado, alto, desgarbado y con el pelo cano peinado hacia atrás, a lo Hollywood de los cincuenta. Vestía guayabera y pantalón de tela carmelita, reminiscencias de un dandi o tal vez una elegancia desgastada.

- Comprendo,- que nombre más raro pensé- no se vaya que esto va a empezar dentro de poco.- le dice el fotógrafo y el señor asiente.

Unos diez minutos después comenzó la inauguración. Luego de unas palabras de bienvenida y agradecimiento para el público, la presentadora le pidió al señor de la guayabera, uno de los modelos de la exposición, que interpretara Comprendo o no comprendo, y explicó que del título de esa canción provenía su apodo, un apodo que mucho tiempo atrás desplazó el nombre en su inscripción de nacimiento, Armando Aguiar Fre.

¿Por qué la vida no me complace con cariño verdadero, puro y sincero?, cantó con voz temblorosa.

Dentro de la galería contemplaba su foto en la pared. En esta le enseñaba al lente una partitura. Vale la pena luchar, se leía en la parte superior de la hoja. Esta frase contrastaba la expresión de su rostro sereno, donde las arrugas parecían corcheas, una melodía triste y vital. Por curiosidad o tal vez por empatía, me atreví a entrevistarlo.

- ¿Cómo llega la música a usted?

- Toda persona escribe algún poema que viene de la misma vida. Yo aprendí música cuando era muchacho. Siempre me gustaron mucho los pentagramas y las buenas canciones del mundo; no lo que existe hoy, esos reguetones.  No los aprecio porque no hay buena letra ni melodía. De todas maneras ese género es para la juventud, yo tengo el mío,- sonríe pillo- el de las personas de la tercera edad.

- ¿Comprendo o no comprendo? ¿Cuál es la historia detrás del tema y del apodo?

- Ese es un bolero que yo hice para la Orquesta de variedades que tocaba en los cabarets de Varadero y pegó cantidad y todas las noches lo ponían en los bailables. Entonces, vinieron un día y me dijeron si no me ponía bravo porque me dijeran Comprendo.

- ¿Cuántas canciones tiene escritas hasta ahora?

 - Veinte y pico o treinta y un carnet para cobrar derechos de autor.

- ¿Y de estas cuántas se conservan?

- Tres en Radio 26

- ¿Actualmente qué hace?

- Aún compongo canciones. Mira esa fue la última, Vale la pena luchar- comenta, mientras señala a la fotografía atrás suyo.- Yo tengo 74 años y vivo en un cuartico cerca del parque de La Libertad. El gobierno me pasa una ayuda por causa social. Cultura ya no me contrata, pero de vez en cuando toco en las iglesias, en la Bautista y en Las Carmelitas mayormente.  

- ¿Imagino que una persona como usted debe tener muchos amigos? 

- Lo fundamental. Tengo la música que me ayuda cuando me veo solo, y en ese momento me viene a la mente una inspiración y cojo un papel y un lápiz.

Era mi última pregunta; sin embargo, antes de darle la mano para despedirme, él me suelta en ráfaga.

- Me siento bien, feliz. ¿Sabes? Tengo muchas amistades que me adoran. Sinceramente, todo se lo debo a la música ¿qué sería yo sin ella?- unos segundos de silencio, duda, quizás, porque no se concibe a sí mismo sin una guitarra, sin una canción atorada en el pecho- un hombre más-concluye.  

Una semana después encontré a Armando en las cercanías del periódico, seguro que su cuartico quedaría por ahí, aunque desde el momento que lo entrevisté me lo tropiezo en cualquier parte, otra leyenda citadina de carne, guayabera y hueso. Sentado en el quicio de una cafetería observaba a la gente secarse las frentes sudadas con las manos, a los perros hurgar en las jabas de basura, las marcas de los neumáticos en el asfalto y de pronto me pregunté si su inspiración no vendría de ahí.

- ¿Maestro quiere un café?- le ofrecí. Comprendo solo se encogió de hombros.

Le alcancé la taza que recibió con sus dedos finos y nerviosos, como las baquetas de un tambor. Me enseñó un peso para pagar.

- No gracias, yo invito. Le debo una crónica.- dije. Creo que no me oyó.

Espero que este texto le llegue y con suerte le provoque una canción, una por la que valga la pena luchar.