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lunes, 29 de julio de 2019

Teatro Sauto: La reina del drama y el chino




Un chino de la china

Justo Wong suelta la barreta, levanta la vista hacia el sol y se pregunta hacia dónde queda el oriente, pero no el oriente de aquí, ese del que solo lo separa una franja de tierra, sino el oriente de los mandarines, de las largas coletas y de las mujeres con los pies pequeños. La figura del mayoral se recorta en el horizonte y rápido vuelve a su labor. En estas jornadas tiene mucho más trabajo que lo habitual. Unas noches atrás en las barracas alguien comentó que allá abajo, en la ciudad, construyen un teatro o algo de eso y les hace falta cal en cantidades.

En este extremo del mundo dicen que si cavas mucho llegas a China. ¿Funcionará al revés? ¿Si hubiera abierto un hueco muy profundo en su aldea natal hubiera aparecido en Cuba? Él no vino a través de un hueco, sino del océano. Tose porque una nube de polvo asciende hasta su rostro. Para montarlo en el barco le prometieron riquezas, pero al arribar a la Isla solo encontró una vida demasiado similar al de alguno de esos negros que cortan caña en los campos. Tomaría un descanso, pero el mayoral aún ronda por las cercanías. Wong está molesto y descarga su ira en un poderoso golpe contra el suelo que se desmorona de repente. La barreta se le resbala entre sus manos sudorosas y cae dentro de la recién creada grieta.   

La actriz francesa    

Margarite Gautier después de decir sus últimas palabras en el más puro y duro francés muere entre espasmos de una tos violenta, pera esta tos no se la provocó el trabajo en una cantera de cal, sino una disipada vida parisina. El telón se cierra. Sarah Bernhardt se acerca al borde del escenario y le hace una reverencia al público que la aplaude con desafuero. La Dama de las Camelias nunca le falla, por eso eligió la obra basada en el libro de Alejandro Dumas para su única función en el teatro, que si no recuerda mal se llama Esteban y que, piensa, resulta bastante suntuoso para una ciudad del interior de una islita.

Mientras se retira hacia el camerino observa de reojo a unas señoras que cuchichean, lo más posible es que sea sobre ella. Seguro comentan que está muy flaca, que duerme en un ataúd y que tiene por mascota un tigre. Esas gordas matronas para quienes el sobrepeso simboliza el digno oficio de darse sillón todo el día mientras bordan, no tienen idea ni de la cuarta parte de la verdad. Sin embargo, ella sabe que esas habladurías catapultan su fama. Lo excéntrico vende bien y por eso los empresarios españoles la trajeron para que actuara en Cuba.    

Mientras se quita el maquillaje recuerda que probablemente más de la mitad del público no habla francés y que si la celebraron tanto fue por sus gestos y las expresiones de su rostro. Si las ovaciones no fueron por ese motivo, entonces el verdadero excéntrico sería el público. De todas maneras, tiene en mente una última extravagancia para regalarle a sus lenguas soeces, por desgracia, poco sagaces. Al llegar le informaron que cerca había una cueva que era muy hermosa y tiene ganas de visitarla y no le importa que ya sea noche cerrada.      

El empresario

Santos Parga revisa las cuentas del último envío de materiales hacia las obras del nuevo teatro. Dicen que la sociedad anónima a cargo de la construcción está escasa de fondos, pero hasta ahora, por lo menos, han cumplido los pagos en tiempo. Tocan a la puerta. Él aparta los papeles y grita que pasen. Primero entra su mayoral y luego cabizbajo, por lo menos mucho más cabizbajo que el promedio de los chinos que andan como si rezaran el padre nuestro el día entero, Justo Wong, uno de sus trabajadores.    

El mayoral le dice que al culí se le perdió la barreta, ante su mirada de duda, explica que se le extravió por un hueco mientras cavaba. El comerciante gallego pide que lo conduzcan al lugar. Mira extrañado la grieta que parece un arañazo, hasta que ordena que la amplíen un poco más. Después de algunos golpes sale despedido un chorro de aire caliente y hediondo. Santos Parga conocedor por la naturaleza de sus negocios de lo básico de la espeleología, se percata que ha tropezado con la entrada de una caverna y quién sabe tal vez, con algunos preparativos, de una mina de oro.

La reina del drama y el chino

Sarah Bernhardt baja las escaleras despacio con miedo a resbalar por culpa de uno de los escalones húmedos y así romperse un tobillo. Su larga sombra, proyectada por la luz de las antorchas, se pasea por las paredes de piedra, se abulta en los salientes y se recoge en las hondonadas. Alguien de su comitiva le revela que la cueva la descubrió un chino por error en 1861 unos 26 años atrás y que el dueño del terreno Don Manuel Santos Parga con rapidez la convirtió en un centro turístico, pero ella no lo oye bien, está ocupada en poner sus pies en un sitio seguro para no caer de bruces. 

Ella piensa que el lugar tiene su belleza con sus estalactitas y estalagmitas sobre las cuales ahora su juguetona sombra se enrolla como si fuera papel. La ciudad posee sus encantos, concluye, primero el teatro muy italiano para ser tropical y muy grande para una población tan pequeña, y luego la caverna, un hermoso azar de la naturaleza. Tal vez, vuelva algún día.     

martes, 25 de junio de 2019

Carilda Oliver Labra y el Teatro Sauto: el olvido de la poeta





¿Dónde está, Carilda? ¿Detrás de qué verso? Te advertimos que lo leímos una y otra vez, por lo menos hasta volverlo una redundancia, por lo menos hasta que aguantó la vista. Hablaste del Ten Cents, que hoy se llama Variedades y donde lo único que cuesta diez centavos son los chicles. Hablaste del Pompón, aunque ahora solo quede un chorrito. ¿Por qué, entonces, no mencionaste el Sauto en tu Canto a Matanzas?

Mi relación con el teatro pudiera decir que fluye desde antes de mi nacimiento, cuando asistían mis padres. Mis abuelos no tuvieron vida social en Matanzas, pero mamá y papá iban muy jóvenes, recién casados (…) Recuerdo haber ido de pequeña, luego dejamos de asistir, porque con la responsabilidad de cuatro hijos, mamá no podía ni salir a la iglesia…Pero cuando se es matancero el Sauto nos aguarda.[1]

Tú que en 1954 recibiste ahí la medalla de Hija Eminente de Matanzas, aunque ya eras la novia, pero no existía la medalla de Novia Eminente. Por Dios, Carilda, triple diosa, te partes en tres: madre, hija y amante, porque eres muchas mujeres para una misma ciudad.
En el teatro, los movimientos de cisne sísmico de Alicia Alonso te conmovieron tanto que le regalaste un soneto. Ahí, en una velada, coincidiste con Silvio Rodríguez y, cuando llegó tu turno, cambiaste el poema de amor que habías planificado, por uno que terminaba “cómase usted su vida/ yo me voy a escuchar a Silvio” él, en pago, con un gesto de la mano te dedicó una canción. ¿Son tuyas todas la canciones hermosas?

En 1995, Mario Benedetti, el escritor uruguayo, aquel que dijo que por los cielos vuelan los pájaros y los misiles, ofreció un recital en el teatro; aunque no asististe, a causa de una fractura de fémur, lo oíste gracias a una transmisión remota por teléfono. Luego, pidió que lo llevaran a tu casa para darte un abrazo. ¿Después de todo eso, por qué se te olvidó el Sauto?

Resulta que el Canto a…, lo escribí en 1954 de un tirón, excepto una estrofa. Al año siguiente me divorcié de mi primer esposo Hugo Ania Mercer y, movida por el dolor, le agregué los versos que dicen: ¿Y qué decir de mi herida,/ que por la hierba se mete/¿Qué decir, tierra querida/ dónde acabaré este viaje/ sin destino, ni equipaje/ de aquel hombre, de aquel hombre/ que dejó roto mi nombre/ en medio de tu paisaje?
  
Pues estaba muy joven yo en una actividad de la Peña Literaria en el Sauto. De pronto se acercan para avisarme que Hugo estaba en el público (…) Cuando llegó mi turno, me armé de valor y declamé el Canto a…, con estrofa nueva y todo (…) Hugo enseguida comprendió el mensaje, se puso de pie y salió del teatro. Lo cuento ahora para reafirmar lo que escribí: el Sauto nos aguarda en algún punto de la vida. Aunque no lo menciones en un poema. Además, es otra palabra difícil: si acaso rima con auto, pauto, cauto e incauto.[2]

Te perdonamos, Carilda. Te perdonamos a regañadientes, porque eres hermosa en la palabra y comentaste que “… Pero debo admitir que las historias de amor también se entretejen en la historia mayor de los teatros.”…Tu historia de amor con Matanzas y el Sauto es muy larga y muy pura, sea cual sea la forma que toma la pureza. Sin embargo, no somos incautos y no olvidaremos.   


[1]-Estas declaraciones fueron tomadas de una entrevista concedida por Carilda Oliver Labra a la periodista Amarilys S. Ribot y que aparecen en libro Teatro Sauto: vidas en plural.
[2] Idem.

miércoles, 30 de enero de 2019

Postal de la Reconcentración desde el portal




La campesina con su bebé en brazos atraviesa el puente y mientras camina el teatro Esteban emerge en cuadrículas, trozo horizontal tras trozo horizontal. Primero se delinea el techo de pirámide, luego los costados con sus grandes ventanales enrejados y por último, el portal, el amplio portal que esa madrugada será su cama, que, por culpa de Weyler hace más de un año es su casa.    

En un primer momento dormiría en el barracón que el gobierno español montó para los reconcentrados en el Palmar de Junco, sin embargo desistió por dos razones. La primera era la Carreta de la Lechuza. Esta pasaba dos veces al día para recoger a los muertos. Tal vez, la labor más agotadora para los sepultureros no resultaba cargar los cadáveres, sino diferenciarlos de los vivos; ambos mostraban los mismos síntomas de la descomposición: el mal olor, el hueso sobrexpuesto a la carne, las moscas. Esa tarde la carreta estaba muy cargada. Los brazos y las piernas colgaban como ramas marchitas. Ella aún no se acostumbraba a esas escenas.

La segunda razón era que se comentaba entre los campesinos que esa noche habría función en el teatro. Las funciones resultaban provechosas, casi divinas. De vez en cuando, alguna dama o caballero se apiadaba de ella y le daba limosna y, tal vez, al día siguiente, con mucha suerte, le alcanzaría para un mendrugo de pan.

Cuando se dictaron los primeros bandos, en el 96, y los soldados españoles fueron comarca por comarca para enviar a los campesinos a las ciudades, prometieron albergue y comida. Al arribar a Matanzas cumplieron con su palabra durante muy poco tiempo. Las raciones desaparecieron en cuestión de semanas. Después la municipalidad ofreció trabajos, pero muy mal pagados y demasiado difíciles, sobre todo para una mujer con un niño de brazos: cultivar tierras vírgenes en el Valle del Yumurí, construir a pico y pala las carreteras que conducen a las Cuevas de Bellamar. Sin otra opción, recurrió a uno de los oficios más viejo del mundo, el de mendigo, porque para practicar el otro más antiguo, la prostitución, por lo menos necesitaba algo de grasa en sus curvas y más energía.    

Aún era temprano. El sol todavía no se ocultaba, aunque ya la luz era de ese naranja opaco que precede al anochecer. Buscó en el portal un lugar libre entre las columna. Acarició la cabecita del bebé. Aunque no llorara, sentía su boquita en el pezón. No lo chupaba, lo mordía, como un mamoncillo que perdió la pulpa y solo le queda la semilla dura. Gracias al bebé, aunque fuera pecado pensar así, consigue mucha más limosna, porque consigue mucha más piedad. Una mujer con la anatomía al reverso, el esqueleto para afuera y el pellejo para adentro, da lástima por sí misma, pero si se le agrega un niño que parece una espina de pescado esa lástima se multiplica.

La noche llega, al igual que los primeros coches y espectadores. Los señores están contentos en sus trajes finos que aprietan su gordura sonrosada. Las señoras lucen sus finos vestidos de corte europeo y su bisutería brillante. La campesina se acerca a ellos, callada, con la mano extendida; este gesto es suficiente para que la entiendan, aunque si es necesario nombrará al padre, al hijo y al espíritu santo.

Escucha la conversación. Hablan sobre la compañía, la Opereta bufa de Ramírez, que representaría dos obras deliciosas, por supuesto comedias, El matrimonio de Alí y La mulata María. Alguien afirma que el país ya está muy tenso “por la guerra y cosas por el estilo”, para ellos no poder disfrutar de una velada agradable en el teatro. De repente, se percatan de la campesina. Un señorito, con ojos de ¡Dios mío, qué es esto!, desde la misericordia le da unos centavos; una vieja, con ojos de ¡Dios mío, qué es esto! , desde el asco, también le da unos centavos para que desaparezca de su vista lo más rápido posible.

Cuando termina su ronda vuelve a su rincón recostada a una columna. Al parecer el espectáculo está a punto de empezar. Los últimos rezagados entran al recibidor con paso rápido. Mientras cierran las puertas del teatro, para que a ninguno de las decenas de campesinos reconcentrados que ocupan el portal se les ocurra colarse, ella cuenta las monedas de la jornada, por lo menos esta vez le llenan la cuenca de una mano, tal vez mañana sí se permitirá un mendrugo de pan.