lunes, 17 de junio de 2019

Películas filipinas, poemas de Borges y el Che





Encontré al Che a través de dos anécdotas. Es decir todos lo conocemos: los de mi generación juramos en la primaria, por lo menos, una vez al día ser como él, y no resulta difícil hallar un retrato suyo (pulóveres, logos de organizaciones, monedas de 3 pesos cubanos que luego se venden a 5 CUC a los extranjeros,) o que nombraron como él a primarias, empresas, contingentes cañeros en cada rincón de la Isla, lo que casi le otorga el don de la omnipresencia. Sin embargo, solo entendí su universalidad a través de dos hechos aislados en formato, ubicación y tiempo.

El primero de ellos ocurrió cuando aún no terminaba la secundaria. Por alguna carambola tropecé con una película de bajo presupuesto de Filipinas. La realización no poseía calidad, ni la trama coherencia. Esta última abordaba una rebelión en un futuro con robots de baja resolución y bastantes tiros y explosiones que parecían hechas en Paint; pero la detallo para resaltar mi sorpresa cuando observé en segundo plano a un extra que vestía un pulóver con el Che.

La coincidencia me hizo pensar en la repercusión de la fotografía de Korda que convirtió al rosarino en un ícono cultural del siglo XX; aunque muchas personas alrededor del planeta solo lo usan en la vestimenta o en posters en la paredes de sus cuartos (al lado quizás de uno de John Lenon o Albert Eisten u otros ídolos de la cultura polietilénica y autopística pop) con un fin estético y no por empatía con sus ideales. ¿Habría que preguntar cuántos de ellos se leyeron “El socialismo y el hombre en Cuba”?

El segundo hallazgo sucedió en mi primera visita al Memorial consagrado a Ernesto Guevara en la ciudad de Santa Clara. En la cripta dedicada a su persona y a los guerrilleros que junto a él perdieron la vida en Bolivia había una pareja de argentinos que de repente se tomaron la mano y comenzaron a llorar. Este llanto desolado y compartido despertó la curiosidad entre los presentes y algún atrevido indagó el porqué. Al final se supo que el padre de la mujer había conocido al Che en el pasado y ella y su esposo estaban en peregrinación para rendirle homenaje.  

La referencia a las luchas del Che me provocó negros pensamientos de chapapote recién vertido, por oscuros y adhesivos; porque, aunque la muerte es una consecuencia natural de la batalla, la de él se volvió un símbolo, un sello, por injusta e inesperada. De pronto recitaba para dentro mío el fragmento del “Poema conjetural” de Jorge Luis Borges: Yo que anhelé ser otro, ser un hombre/ de sentencias, de libros, de dictámenes/a cielo abierto yaceré entre ciénagas; / pero me endiosa el pecho inexplicable/ un júbilo secreto/ Al fin me encuentro con mi destino sudamericano.

Jugué un poco con el texto borgiano y quedó algo como: “Yo que quise ser otro, ser un hombre/ de quininas, de estetoscopios y jeringas/ a cielo abierto yaceré en la selva boliviana (…)/ Al fin encontré mi destino sudamericano (planetario también cabría).  

lunes, 27 de mayo de 2019

El ahorcado del Parque de la Rueda




Amaneció en la ciudad de Matanzas. El sol, como una marea de aguas claras en ascenso, iluminó de a poco una ceiba en la Calle del Medio, entre las más céntricas de la urbe: primero las piedras en círculo, parecido al brocal de un pozo, que resguarda sus raíces, después el hierro de la rueda dentada que se apoya en su tronco y luego a un hombre que colgaba a cinco metros del suelo.

El ahorcado estaba descalzo y sus inertes pies que señalaba a tierra, parecían, por la bizarra postura, los de una primera figura del ballet. Vestía un abrigo largo que le llegaba hasta las rodillas y un pañuelo blanco en la cabeza. Lucía como un vagabundo.

Esa mañana, diez años atrás, los transeúntes de camino a sus aulas, oficinas o colas se quedaron perplejos ante el balanceo del pobre hombre, como si les hubieran colocado delante del rostro uno de esos relojes con cadena que utilizan los hipnotizadores en las películas de Hollywood.

Mientras avanzaban los minutos, la multitud aumentaba alrededor de la ceiba. Un ciudadano preocupado llamó a una ambulancia; otro, a los bomberos para buscar una escalera y bajarlo; un tercero, a la policía que apareció en el sitio e investigaba si alguien sabía lo que pasó o conocían a la víctima; pero casi todos, en realidad, se preguntaban qué tendría por dentro una persona para suicidarse en un lugar tan público.

La respuesta a tal interrogante se supo a los treinta minutos, cuando el ahorcado abrió los ojos. Por dentro, es decir, oculto tras el abrigo tenía un arnés que compensaba el peso de su cuerpo, no en el cuello, sino en el tórax y entonces el pedazo de soga que lo estrangulaba solo funcionaba como decoración.

Los hechos relatados con anterioridad sucedieron en el marco de la segunda Jornada de Teatro Callejero, evento que busca trasladar las artes dramáticas de las tablas y llevarlas al asfalto y, al parecer, a las ceibas. El performance lo efectuó el grupo OVNI y su objetivo era conmocionar al público al enfrentarlos a una situación extrema.

Al otro día los actores montaron de nuevo el acto; pero en dicha ocasión en el puente Sánchez Figuera o el de San Luis, como se conoce entre los locales, con un efecto bastante parecido al de la primera vez. Los integrantes de OVNI, a pesar de todo, lograron su meta, impactar a la audiencia, aunque quizás exageraron en el intento. De todas maneras, le entregaron a la ciudad un rumor que al enfriarse se volvió historia y con el añejamiento de los años, leyenda urbana.                       

viernes, 17 de mayo de 2019

¡No a la apatía!




Propongo una situación hipotética: un grupo de amigos disfrutan de un partido de fútbol. Es el final del juego. Las tensiones por la inminente victoria o derrota del equipo preferido cercenan las uñas y arrancan los cabellos. La programación se interrumpe. El locutor anuncia el acontecimiento político de la década, algo así como el fin del bloqueo o que se encuentra reservas de petróleo en grandes cantidades bajo la plataforma marina cubana.

¿Cuántos de ellos no virarán la cabeza y “freirán un huevo” porque les quitaron el partido?

¿Cuántos jóvenes enarbolan las banderas con fervor soviético en los actos patrióticos o asisten a ellos sin que exista un incentivo cultural (cerveza de pipa, rocitas de maíz y un conjunto de timba que pregunte quién tiene más dinero las mujeres o los hombres) o que su expediente peligre?

¿Cuántos buscan los informativos de los medios de prensa cubanos para conocer la realidad del mundo que gira bajo sus pies por el efecto Coriolis?

Francis Scott Fitzgerald, escritor americano de entre guerras, al definir a su generación expuso: “Somos una generación que al llegar encontramos todas las guerras combatidas, todos los dioses muertos y toda la fe en el hombre perdida”.

Tal vez, por la habilidad cíclica del tiempo o la superposición de épocas, describe los ánimos abúlicos de nuestra propia generación (los nacidos en los 90, especialistas en formar bulla cuando llega la luz después de 8 horas de apagón), aquella que nació en los años más crudos del periodo especial, pero que no guarda conciencia del caos y las penurias.

A la mayoría, nuestros padres nos protegieron. Y nosotros con los lentes de la inocencia solo observamos pelotas de piedras y gaza, y muñecas de trapo, ante la escasez de juguetes.

En los primeros años reclamamos a un niño del cual repartieron fotos en la escuela, pero nunca entendimos hasta tiempo después por que lo reclamábamos. Sufrimos cuando nos quitaban los muñequitos, los mismos de cada día y la mayoría de factura soviética, para transmitir las Tribunas Antiimperialistas. Luego llegaron los cinco héroes y los recordábamos a cada momento, fuera un matutino, un desfile o el mural del aula.

No comprendíamos la frase martiana de que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”.

Desde pequeños nos alimentaron con lemas, pancartas, matutinos y fechas cerradas (a veces con una propaganda tan ingenua que parece que te dijeran “abre la boca que viene el avioncito)

Apatía: La apatía es la falta de emoción, motivación o entusiasmo. Es un término psicológico para un estado de indiferencia, en el que un individuo no responde a aspectos de la vida emocional, social o física.

¿Dónde surge esa apatía, la tenemos con nosotros desde siempre en algún gen extraviado o la arrastramos desde niños?

“Todas las guerras combatidas, todos los dioses muertos”. Los barbudos al triunfar traían con ellos una serie de necesidades y por su causa surgieron arquetipos como el hombre nuevo. Hacer revolución, desbaratar desde los cimientos las retrógradas instituciones y valores republicanos. Tres décadas con sus altos y bajos transcurrieron en la lucha por el mantenimiento del socialismo, a menos de noventa millas del norte revuelto y brutal, y de vez en cuando con autobloqueos y mentalidades poco dialécticas.

A principios de los noventa cuando cae el campo socialista y nos destetan de la Unión Soviética, se necesita aplicar una política pensada para tiempos de guerra. No solo la industria y la economía se afectaron, sino casi cada rama del vivir de los cubanos.

La pérdida de valores. ¿Qué antivalores nacieron en su seno? Si antes nos amenazaba el extravío de la individualidad en la búsqueda de la unanimidad socialista; ahora una acentuación de ella, hizo recogerse en grupos más pequeños, la familia y uno mismo. Era imposible hacer revolución sin un plato de comida en la mesa o a luz de las velas como los colonos españoles.

Ahí llegamos nosotros, gestados gracias al suplemento de carne especial que se le daba a las embarazadas; y crecimos de a poco, a la vez que el país salía del bache. Ahora nos piden que continuemos lo iniciado en los 60, que seamos el hombre nuevo.

Nuestra memoria histórica es reducida. No tenemos paradigmas, ni grandes planes que forjen una ideología a seguir. La ideología cada cual la arma por su parte, sin una matriz rectora; y muchos solo se apartan del camino. No nos toca seguir viejos senderos, sino construir los atajos.

Aunque parte sea nuestra responsabilidad, también la conmutación de directivas en el país pueden potenciar un cambio más rápido y efectivo; por ejemplo rejuvenecer los medios de comunicación y evitar la sobresaturación y la monotematización. Darle nuevos aires a las organizaciones encargadas de forjar la conciencia política (OPJM, UJC, FEEM), con la conformación de proyectos y responsabilidades para los más jóvenes; y de esa manera fomentar virtudes creadas por el esfuerzo propio. Queremos actuar porque lo creemos así, no simplemente por actuar.

¡No a la apatía!