martes, 8 de septiembre de 2020

Contigo me voy, mi santa


 

 Una Virgen de la Caridad custodia la cómoda de mi madre antes de que tenga memoria. Recuerdo que cuando hice la prueba de ingreso a la Vocacional había una vela encendida ante ella. Y así: una vela por cada muerte, vela-señal lumínica para que los difuntos lleguen seguros a los solitarios andenes; un vela por cada extravío, luz- faro, luz- guía; una vela por cada escasez terrenal o etérea, luz dual alma-cuerpo, luz- fogata, luz-horno. Podemos tener crisis políticas, económicas, financieras, ecológicas, alimentarias, pero nunca nunca una crisis de fe. Con la fe no se juega, con la historia tampoco. 

Dicen que los mambises se encomendaban a la Virgen antes de lanzarse descarnados contra el cuadro español y que en el pecho del general Antonio que tanto plomo soportó, había también “cobre” en forma de una medallita y , por ello, podemos llamarla mambisa sin dudar.  Tantos santos y santas atravesaron el Altántico, San Carlos, San Gerónimos; sin embargo, necesitábamos una santa cubana, una santa nacida de las entrañas de nuestra sal y de nuestro polvo.

Nosotros no somos Francia, no somos Inglaterra, nosotros no tenemos próceres que mataron dragones como San Jorge o santos reyes como San Luis. Nuestra advocación de la patrona cristiana la encontraron esclavos, el negro Juan Moreno, y los indios Juan y Rodrigo de Hoyos, es una Santa de los pobre, de los humildes, de los guajiros, de los carboneros de la Ciénaga de Zapata, de los arrieros del Escambray.

Es María y es Oshún, soberana del reino de lo dulce, las aguas y las mieles; y donde debe existir una dicotomía entre aquella sin pecado concebida y la orisha zalamera, icono de la belleza, de la feminidad, entre la madre y la amante, no la hay. Y en las casas cubanas se le rinde culto en cualquiera de sus avatares, la africana y la europea, porque como dijera Don Fernando Ortiz somos una sola cultura y con el sincretismo, y con el sincretismo no se juega.

Los cubanos y los hijos de cubanos y los nietos de cubanos, por la Tierra esparcidos, todos se resguardan bajo el mismo manto dorado. No importa de que lado de la diáspora te encuentres, los mismos referentes te acompañan. Con la identidad no se juega y la Virgen de la Caridad del Cobre, más allá de su connotación religiosa se vuelve un símbolo cultural de la nación. Nadie es ajena a ella sin importar donde coloquen su fe, si en los cielos o en la tierra o si en ambos a la vez.

Por ello, resulta tan triste que en su nombre se convoque al disenso en una llamada Revolución de los Girasoles. Es decir que aquello que debería ser causa de unidad se vuelva un parte-aguas; o que desempolven viejas rencillas y divorcios, como el que existió entre la religión y el proceso político cubano, y que desde hace 30 años, con la conversión de Cuba de un estado ateo a uno laico, se intenta alcanzar un consenso, porque lo más importante resulta comprendernos como un país con una gran diversidad cultural y con un objetivo trazado: el bienestar de todos sus hijos.

Un famoso libro de tácticas bélicas plantea que “el arte de la guerra consiste en el engaño”; sin embargo, este llamado para que la gente use ropaje amarillo o porten girasoles no va más allá de una estafa barata que los primeros que se engañan son los que la convocan. Al final los cubanos utilizarán este tono sin que nadie se los sugiera, porque lo llevan en la sangre, junto con leucocitos y los glóbulos rojos. Las tradiciones no deben tergiversarse.

Con la fe, con la historia, con la cultura y con la identidad no se juega. Lo sacro, entiéndase el término más allá de su connotación religiosa, aquello que merece la veneración y el respeto de todos, no debe volverse un arma para confrontaciones entre hermanos, sino como fuente de diálogo. Yo, por mi parte, secundo el coro de la que tal vez sea la canción más conocida de la historia musical cubana y digo: “Contigo me voy, mi santa”.    

lunes, 31 de agosto de 2020

Cuando me propusieron dirigir Industriales


Hace unos días recibí una llamada de un funcionario del Inder que me comunicaba que debía moverme hacia La Habana porque se me había designado como nuevo manager del equipo de Industriales. Recuerdo que me quedé en blanco, un blanco puro, la ausencia de cualquier pensamiento. Balbucee. Me nació un discurso de peces, sonido de burbujas al romperse.

– ¿Usted no es Guillermo Carmona? –   me preguntaron cuando se alargó mi silencio

– Sí – respondí dubitativo

– Entonces es usted – afirmó la voz al otro lado de la línea

Cuando pequeño jugué mucho a la pelota; incluso, mi papá con la idea de criar al niño que nunca fui, el muchacho atlético, me apuntó en unas clases. Recuerdo que el entrenador decía que tenía fuerzas como bateador, pero que era muy lento para correr las bases. Siempre me cogían out en primera.

– Señor, pero hable. Mire hace falta empezar la preparación física ya y el acto de abanderamiento del equipo es en par de día…  

Con los amigos del barrio, jugaba al taquito. Usábamos como bate un palo de escoba, una persiana, una cabilla y la pelota podía ser una piedra envuelta en una media, rodajas de mangueras, pomos de Enalapril robados del botiquín de la abuela, cualquier objeto nos funcionaba mientras poseyera las dimensiones correctas.

En la escuela siempre aparecía una pelota de tenis con ese color verde marihuana y armábamos un “cuatro esquinas” o “una manito”. Recuerdo que resultaba preferible que la bola se te escapara a que te hiciera una “chocha”, es decir, que te rebotara entre el arco de las piernas por el “chucho”. Los niños pueden llegar a ser muy crueles.  

– Oiga… tiene que darle el visto bueno a las nóminas. Revisar el staff de pitcheo, armar la alineación de bateo y…  

En noveno grado una tarde jugábamos al “duro” cuando el sol me encandiló la vista y no pude calcular la trayectoria de una línea que me golpeó en el pómulo derecho. El cardenal en el ojo me duró por lo menos un mes. Ante la vergüenza por mi desliz aritmético y deportivo andaba con una gorra con la visera bajada hasta la nariz y un par de gafas de aviador y, si alguien me preguntaba qué me sucedió en el rostro, respondía que “me fajé en una fiesta por una chiquita ahí”. Los tipos duros no reciben pelotazos o, por lo menos, en ese tiempo pensaba así.   

En la actualidad cada vez que empieza el simulacro de invierno cubano, la mejilla derecha se me enrojece y, entonces, pienso que soy como los veteranos de guerras, que cuando los vientos gélidos soplan, las cicatrices comienzan a dolerle. Desde entonces nunca más he agarrado un bate en mis manos.

– Pero hablé, señor. A ver…coménteme cuál es su estrategia para la temporada. Este año tenemos que llevarnos el campeonato. Hay indicaciones… de usted sabe, arriba…

Nunca me he considerado un amante de los deportes; siempre preferí el olor de polillas de mis libros que el del cuero sudado de las pelotas. En el televisor cada vez que hago “sapping” y transmiten un partido de béisbol, no logro aguantar más de un inning antes de cambiar para otro canal. Si  me sincero diré que me aburre con facilidad. Sin embargo, me encanta oír a los demás hablar, discutir, vivir cada juego: ancianos que se emocionan tanto que en cualquier momento caerán fulminados por un infarto, por un aneurisma, por un subidón de presión; jóvenes con la cara colorá y la voz ronca y con una norma del habla que enrojecería a los estibadores del puerto.

Y es increíblemente hermoso, porque la gente expone lo más primigenio de sí mismos y, por unos segundos, se muestran perfectamente humanos. De vez en cuando, me siento en los bancos de los parques a observar peñas improvisadas, donde todos piensan que saben más que los DT, que los periodistas, que los expertos, y allí me alimento, por llamarlo de alguna manera, de ese influjo vital que me alegra el día.     

– El último entrenador nos dejó un desastre hecho esto aquí. Hay que levantar, sea como sea…

Cuando Matanzas ganó el último campeonato, pensé en mi papá, de quien heredé nombre y apellido, que me llevó a mis primeros partidos en el estadio, cuando el equipo no salía del congelador y los únicos que visitaban el Victoria de Girón eran los verdaderos creyentes. En sus últimos años de vida, cada vez que le preguntaba por la “pelota”, me comentaba decepcionado que ya no valía la pena. Hasta a los más creyentes la fe se les resquebraja.

– ¿Carmona, está ahí? Llevo como una hora hablando y no dices nada…  

Algunos parafrasean la cita de Marx de que “la religión es el opio de los pueblos” y dicen que en la modernidad “el deporte es el opio de los pueblos”; sin embargo, para mi funciona como catalizador de emociones, como engrasante social, como un generador de identidades, creo que Galeano escribió que uno puede cambiar de mujer, de partido político, pero nunca de equipo de fútbol (o de pelota, por lo menos en Cuba, agregaría yo).

– Oiga, oiga, por Dios diga algo – el tono del funcionario era ya apremiante.  

– Mire, señor, yo soy periodista; no entrenador de pelota y le doy a Matanzas, no a Industriales; no podría hacerle eso a mi papá. Creo que se equivocó de persona – luego colgué.

PD: Este texto, a la mitad entre la crónica de remembranza y la sátira, lo causó que el nuevo entrenador del equipo de Industriales lleva mi nombre y apellido, Guillermo Carmona. Creo que resultó un buen pretexto para hablar un poco sobre mi relación con el béisbol. La situación con el funcionario del Inder es ficticia; pero de los recuerdos doy fe.


         

 

   

  

 

viernes, 14 de agosto de 2020

Habanatanceros

  

 

Somos la croqueta de Cuba, croqueta de ditú, entre pan y pan Matanzas, entre La Habana y Varadero, Matanzas.  Somos una ciudad de paso. Somos una ciudad borrosa y empañada en las ventanillas de Transtur y Transmetro. Somos el tráiler de una ciudad, cinco minutos de azul mar y gris concreto antes que comience la película. Somos una urbe que se sirve de aperitivo. 

Demasiadas veces cuando le preguntas a algún foráneo nacional si ha visitado Matanzas “Te dice que de paso a Varadero”. Esta condición de fugacidad, esta falta de permanencia en la memoria ajena también afecta a los habitantes de la ciudad, porque poco a poco también te vuelve un ser en espera de la huida.

Así encontramos a quienes viven una doble ciudadanía, que tienen una dualidad de gentilicios, matanceros y habaneros, los habanatanceros, gente que la vida se le va en camiones de 50 pesos  y guaguas de 20, si ese día tienes una suerte que espanta a los gatos negros.

La cercanía de La Habana es un arma de doble filo – acerca de Varadero ya hablaré en otra ocasión -, porque permite estar a dos horas de las principales instituciones y acontecimientos de país; sin embargo, la sombra de El Capitolio es larga y totalizadora.

Muchos estudiantes, por ejemplo, cursan carreras en la Universidad de La Habana, pero antes de regresar al sótano que representa su génesis al graduarse, prefieren quedarse en la Capital, porque allí existen más oportunidades profesionales, más posibilidades de superación tanto económicas como personales.

En la cultura, por otra parte, la proximidad hace que sea más fácil a los artistas moverse hacia la tierra cuadriculada por puentes y ríos al poder ir y venir en un mismo día, por ello y, sobre todo, en estos últimos tiempos, los anteriores a la pandemia aclaro, resultaba habitual encontrar artistas de renombre nacional cada fin de semana en una plaza, un bar o por las calles, como otro transeúnte cualquiera.

Sin embargo, los artistas yumurinos también se hallan a un salto de fe de la salida del túnel y muchos deciden probar suerte allá para escapar de la fama local, abandonan el barco, porque solo los capitanes desfasados se hunden con su nave; aunque luego en sus canciones o cuadros o libros siempre hay un trasfondo nostálgico hacía el anfiteatro geográfico donde los edificios son las gradas y la bahía, el escenario, que constituye Matanzas.

En la Biblia dicen que después que Caín mató a Abel a este lo marcaron de por vida como un apostata. Muchos son los que llevan la marca de Caín, la idea del desarraigo, la culpa del traidor geográfico, y se nota en un amor desmedido por la ciudad desde la lejanía en post de Facebook, en escritos, en conversaciones a voz quebrada; a otros no les importa y ya.

La emigración resulta una realidad que no solo se circunscribe a una escala internacional, sino que si le hacemos zoom al mapa veremos que a lo interno de los países también sucede.